Hemos salido de la capital.—Relativamente á las aldeas, pocas cosas de bulto hay que decir, y para entrar en detalles y poner de relieve los accidentes novelescos de existencias tan rutinarias y monótonas, habría que emplear el microscopio y que escribir un libro entero de fatigoso análisis. Contentémonos, pues, con algunos ligeros rasgos exteriores.

La mujer acomodada de una aldea, la rústica que paga jornales, la alcaldesa de monterilla, no se conmueve ni esparce nunca. Dentro de su casa es una afanada hormiga: en la calle, ó cuando recibe la visita de un forastero, no habla sino lo más preciso, no sonríe ni por casualidad, desea perderos de vista, demuestra una misantropía horrorosa. La conciencia de su ignorancia y el más estólido orgullo se combinan monstruosamente para dar este resultado. ¡Depender de semejante mujer como sirviente, ó necesitarla por cualquier concepto, basta y sobra para formarse cabal idea de cómo serían los más terribles señores de horca y cuchillo!

La niña de esta casa no habla jamás. Siquiera, la madre tiene que rabiar, que tronar, que rugir de puertas adentro..... ¡La hija lleva la modosidad hasta perder la palabra y el movimiento!—No anda, se traslada; y no gesticula, no mira, no tose, no ríe, no vuelve la cabeza, aunque detrás de ella tiren cañonazos.—¡Por nada del mundo comería delante de gente!..... Esto último, sobre todo, le parece consecuencia precisa de su buena crianza y de su recato inexpugnable.

¡Y las hay realísimas mozas, y que se componen que da gusto!.....—Pero es ver una imagen vestida. Diríase que existe un armazón de madera, en lugar de un rollo de carne y huesos, debajo de aquella docena de sayas y de aquellos pañuelos estiradísimos.....; pañuelos de Lucifer, sujetos al jubón con mil alfileres, á fin de garantir la honestidad contra los cuatro elementos, contra los cinco sentidos y hasta contra un terremoto.

En los cortijos no se pela la pava por la ventana. El novio entra en la cocina, donde están constantemente, en verano como en invierno, todos los de la familia y todos los allegados. Allí se arriman á la cantarera los dos amantes, y medio sentados en los cántaros, medio de pie, se dan dos ó tres empujones, se sueltan tres ó cuatro insultos, se ponen muy contentos y colorados..... ¡y á vivir!—Lo infinito queda apelmazado dentro de sus almas, y no se desarrolla nunca..... Pero toda la palmera está en el dátil y toda la encina en la bellota: así es que cuando, en un rato de baile, se dicen un requiebro ó se endilgan una copla, el madrigal tiene la fuerza de una bala.—Y de aquí la densidad de sentimientos de los cantares pastoriles.

(Lo mismo proceden aquellas gentes con los santos de su devoción. El patrono del pueblo es saludado siempre á escopetazos y con espantosos apóstrofes, que pasarían por sacrilegios y blasfemias si no fuesen la concentrada y enérgica expresión de su piedad y de su gratitud, estallidos de unas lágrimas cristalizadas, pedazos que saltan de la mismísima cantera de la fe, como salta la esquirla cuando se rompe el hueso.)

La mencionada niña de vergüenza no responde á derechas á ninguna pregunta, como no sea de sus padres..... ¡La desconfianza, ley esencial de su vida, le impide soltar prendas, aunque se trate de saber si es de día ó de noche!—En cuanto á su pudor, no hay palabras para encarecerlo: raya en absoluto; se espanta como la liebre, ó se defiende á bofetadas y á coces.....—¡Qué Lucrecia, ni qué ocho cuartos! ¡Más fácil le fuera á Lovelace ó á Tenorio sujetar el azogue entre sus dedos que cautivar el albedrío ó la cintura de una de estas vírgenes refajonas!

Cuando la campesina se casa, puede decirse que se muere, como muere la flor al cuajar el fruto. Desde aquel día deja de ser joven, de mirarse al espejo ó á la fuente, de componerse, de cuidarse.....—Dos años después es efectivamente vieja.

En lo demás, la Granadina del campo, y singularmente las ricas, son lo mismo que las labradoras de la capital, si bien menos joviales y hasta un poco atrabiliarias. Y no es todo rusticidad, sino que la melancolía general de la provincia raya en ictericia á medida que se aleja uno de la poética Granada. Escasean, pues, las expansiones colectivas, y todavía no tanto en los pueblecillos como en aquellas tristes ciudades subalternas, que tienen algo de Pisa la Morta.....—Por cierto que, cuando en éstas hay motines, son siempre incumbencia de las mujeres de la clase ínfima, nunca de los hombres. Los hombres, lúgubres y callados, constituyen á lo sumo la reserva.

Y ahora que hablamos de semejantes ciudades, bueno será que, para concluir, busquemos en su seno cierto interesantísimo tipo que desde el exordio os tengo anunciado.—Aludo á la emparedada, último ejemplar de esta galería.