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Pero (ocasión es ya de decirlo, y de decirlo muy seriamente para concluir) el imperio que las españolas ejercen sobre los hombres desde ese trono amasado con requiebros, serenatas, puñaladas y suspiros, tiene más de aparato pontifical que de íntimos y sustanciales atributos; y bueno sería que los españoles procurásemos que nuestras hembras, tan superiores á todas las del mapa por su dignidad moral, por la intensidad de sus sentimientos, por la autenticidad de sus pasiones y por la viveza y la gracia de su imaginación, no se dejasen aventajar, como se ven aventajadas hoy, por las inglesas, las alemanas, y hasta las francesas, en ciertas condiciones accidentales ó adventicias, referentes á la exterioridad de su espíritu á su manera objetiva de vivir y á su influencia civilizadora.
Porque (no lo neguemos) culpa nuestra es, culpa de nosotros, padres, amantes y maridos, todo lo que hay de inculto y opaco, de sordo y de baldío en la superficie social (permitidme esta perífrasis) de casi todas las mujeres españolas. Si más exigiéramos, desde que nacen, de las compañeras de nuestra vida; si más reparásemos luego en la parte inmaterial de su naturaleza; si fuera más desinteresada la idolatría que nos inspiran; si nos respetásemos más á nosotros mismos y las respetásemos más á ellas en nuestros modales y discursos dentro del hogar; si les diéramos una importancia más grave y positiva que la que negligentemente y con intermitencia les damos, porque haya paz, ó por servilismo amatorio, la vida externa de las españolas correspondería á la superioridad sin rival de la vida de su espíritu.
Y todo esto tendremos que hacer los varones en España, si queremos librarnos de la peste de que nuestras hijas ó nuestras nietas den en la gracia de rehabilitarse y perfeccionarse por sí mismas, al tenor de los pavorosos procedimientos empleados ya hoy en varios países por algunos sabihondos marimachos, vulgo marisabidillas, justamente indignadas de que siga siendo cierto aquel dicho de un filósofo: «Las mujeres nos deben la mayor parte de sus defectos: nosotros les debemos la mayor parte de nuestras cualidades.»
CAPÍTULO VII
CONCLUSIÓN Y RESUMEN
He concluído: pero, por si algo se me ha olvidado de lo que ofrece la portada de estas monografías, creo oportuno evacuar ahora mi informe, de una manera oficial, por medio del siguiente estado, ratificación y resumen de todo lo que queda dicho[17]:
LA MUJER GRANADINA, TAL CUAL ES
| En el hogar doméstico. | En los campos. | En las ciudades. | En el templo. | En los espectáculos. | En el taller. | En los salones. |
| Reina absoluta. | Reina absoluta. | Reina absoluta. | Amiga particular de la Virgen. | Llorona. | Caret. | Reina absoluta. |
DESCRIPCIÓN Y PINTURA DE SU