No hay más instrumento que un pandero.
La copla corre á cargo de una cantora-bastonera, cuyo pulmón es infatigable.
Pues bien: aun estas horas de expansión y esparcimiento, nótase la frialdad ó desdén con que el hombre del campo mira á su compañera.—Parece como que el baile es un deber en tales días, un rito sagrado, algo que ya se vió en el mundo antiguo. Ni sonrisas, ni rendimiento, ni obsequiosos mimos; nada hay en esta danza que se parezca al fandango ni á la jota. Los hombres tienen los ojos fijos en tierra, y las mujeres en el rostro de su señor.
¡Ah! ¡Pobres pasiegas! ¡Cómo me explico ahora el que sus esposos las envíen á Madrid á desempeñar el papel de vacas de leche, convirtiendo la bendición conyugal y sus frutos en un oficio ó granjería! ¡Y cuánto siento haber tenido que retratarlas, en conciencia, hace pocas noches, de la cruel manera siguiente, en una epístola que dirigí á nuestro amigo Cruzada!.....
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Lánguido el Pas las hortalizas riega
Que cultiva y se come á dos carrillos
La famosa en Madrid hembra pasiega.
Viérasla aquí, entre chotos y novillos,
Arar, sembrar, coger..... ¡siempre á la espalda
El cuévano cargado de chiquillos!.....
Ó, bailando en los campos de esmeralda,
Los domingos y fiestas, la hallarías,
Con las trenzas más largas que la falda,
Recios los huesos, las miradas frías,
Y rebosando del corpiño el pecho,
Rica promesa de robustas crías.
Mas ¡oh cálculo vil!..... Sólo ¡provecho
Buscando en el amor, franco de porte,
Abren á estos gaznápiros el lecho,
Y, sin que el hijo luego les importe,
Anuncian leche fresca en el Diario,
A las bellas madrastras de la corte!
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Pero volvamos al baile del día de San Roque.
Los vascongados que trabajan en el ferrocarril, tocaban la flauta de boj toscamente labrada, haciendo como quien dice rancho aparte, y bailaban á las pasiegas con más donaire y animación. La luna creciente aparecía ya sobre el ocaso á presidir los patéticos instantes del anochecer. Del río y de la selva brotaba el concierto misterioso con que las aguas, las plantas y los animales daban su adiós al día. Sonaban á lo lejos las esquilas de los ganados y el último tiro del fatigado cazador, mientras que en las cumbres de los montes resplandecía la hoguera de los pastores y modulaba el viento lánguidos sollozos que parecían el lejano murmullo de Madrid.....
Pero me dirás:—¿Cuándo llegas á Santander, á la capital de la provincia, al término de tu anunciado viaje?
Llegaré, amigo mío, cuando acabemos el trozo de ferrocarril de Los Corrales á Torrelavega, en que trabajamos sin descanso, por medio de apuestas y de profecías, todos los habitantes de este valle, desde la distinguida familia constructora (inglesa por más señas), hasta mi humilde persona, que ha clavado ya más de una escarpia asentando rails.....—Conque ten otra semana de paciencia.
VII