Tema obligado de él era la presencia real de Cristo en la hostia consagrada, pero no recuerdo obra alguna en que el acto de la institucion del Sacramento haya sido presentado en su forma directa é histórica. El mismo fervor de los poetas impedia aquella manera de profanacion. Necesario fué tratar el asunto de soslayo, y encerrarle en condiciones análogas á las del arte dramático. Escogitáronse para esto varios medios más ó ménos ingeniosos: al principio largos diálogos en que dos ó más personas discurren sobre la Sagrada Cena; luégo vidas de los santos más insignes por su especial devocion al Santísimo Sacramento. Lo primero no era dramático: lo segundo asimilaba los autos á cualquier otro género de comedias devotas y humanas, idénticas en su desarrollo á las comedias profanas.

Desechados por lo comun tales recursos, no quedaba otro que la alegoría, y á él acudieron nuestros poetas. Ora entraron á saco por las historias del Antiguo Testamento, en que todo es anuncio, sombra y prefiguracion de la Ley Nueva, como es de ver en los autos intitulados La Zarza de Moisés, La cena de Baltasar, La primer flor del Carmelo, El vellon de Gedeon, etc., en muchos de los cuales hay doble y áun triple alegoría; ora se aprovecharon de los ejemplos y parábolas del Evangelio; ora, y ya con más violencia, torcieron y aplicaron á su propósito hechos bien dispares de la historia antigua y moderna. Y no paró en esto la manía alegórica, sino que constreñidos los poetas por aquella especie de pié forzado, y por la necesidad de escribir anualmente dos ó más autos, hicieron, ó bien obras puramente abstractas, en que sólo por incidencia intervienen séres humanos, siendo todo lo restante del discurso entre los elementos, las ciencias, las virtudes, los atributos de Dios, los sentidos y las potencias del alma, personificadas; ó bien dramas mitológicos como el Divino Orfeo y el Sacro Parnaso, en que los dioses del Politeismo helénico venian á ser símbolo del mismo Redentor y á dar testimonio de los misterios de nuestra fe; ó bien sermones de circunstancias (al modo de los predicadores gerundianos) y donde todo el artificio dramático y la alegoría consiste ó en una cacería del Rey, ó en una informacion de limpieza de sangre, ó en unas conclusiones de universidad, ó en el tumulto de una posada ó de un hospital de locos; que de todas estas extravagancias y otras inauditas pueden hallarse muestras en Calderon ó en sus discípulos. A veces se parodiaban los títulos, los argumentos y hasta escenas y versos de las comedias más en boga, no de otra manera que el maestro Valdivielso daba á sus ensaladillas y chanzonetas al Santísimo Sacramento el tono y la música de las canciones picarescas que más andaban en boca de las gentes.

Hay, pues, en Calderon un simbolismo, ya sublime, ya pueril, pero enderezado todo por sano y cristianísimo intento á la magnificacion y loor del Verdadero Dios Pan (título de un auto). Este simbolismo lo abraza todo, hasta las fábulas de la gentilidad, donde nuestro poeta descubre siempre huellas y vestigios alterados de la tradicion primitiva y un como anuncio y preparacion evangélica, llegando á poner en cotejo los libros teogónicos de los antiguos con la narracion del Génesis.

La riqueza lírica es grande en los Autos. Exórnanlos trozos traducidos ó imitados de las Escrituras, paráfrasis de himnos y fragmentos del rezo eclesiástico. El diálogo, ya de suyo frio y monótono por las condiciones del género, suele además estar deslustrado por las formas secas del razonamiento silogístico. Así y todo, puede decirse que Calderon en ninguna de sus obras dió tan brillantes muestras de poeta lírico como en los Autos, á pesar de las antítesis, frases simétricas, metáforas descomunales y vano lujo de palabrería bombástica y altisonante. ¿Y quién le negará el lauro de gran poeta, cuando en medio de esas dobles y triples alegorías, confusa y abigarrada mezcla de teología, de historia y de mitología, acierte á descubrir la raíz de ese maravilloso simbolismo, que de un modo más ó ménos claro y poético abraza y expone las relaciones de Dios con la naturaleza, las del cuerpo con el espíritu, las de los sentidos con las potencias del alma?

En la imposibilidad de conceder demasiado espacio á los Autos sacramentales, hemos incluido en esta coleccion tres de los que tenemos por mejores: La vida es sueño, donde, además de estar contenido en cifra y de un modo abstracto el pensamiento del más celebrado drama del poeta, es de admirar el vigor de condensacion con que el autor recorre la historia humana, desde el Fiat creador hasta la caida del hombre, y desde ésta hasta su Regeneracion, con símbolos más transparentes y de mejor ley estética que los que usa en otros autos: La cena de Baltasar, como muestra de los autos más dramáticos y en que mejor se acomodan al fin y propósito del teatro sacramental las historias del Antiguo Testamento, sin salir enteramente de las condiciones dramáticas ordinarias, realzándolo todo hermosos trozos de poesía lírica, v. gr., las primeras y las últimas octavas en agudos, tan famosas y conocidas: y finalmente A Dios por razon de Estado, como ejemplo de los autos en que predominan los conceptos puros y las discusiones teológicas.

IV.—Dramas religiosos.

Género es este tan rico en nuestra literatura como el de los Autos sacramentales. Incluyo en este segundo miembro de la clasificacion, no sólo las comedias llamadas devotas de santos ó á lo divino, sino las que versan sobre asuntos del Antiguo Testamento.

Algunas de las obras piadosas de Calderon se han perdido: así, v. gr., La Vírgen de la Almudena, La Vírgen de los Remedios, El carro del cielo y El Triunfo de la Cruz, dado caso que sea obra distinta de La Exaltacion. Tampoco parece el San Francisco de Borja, aunque pueden hallarse felices reminiscencias de ella en El Fénix de España del jesuita Diego Calleja.

Descartadas éstas y alguna otra que tampoco ha llegado á nuestros dias, quedan unas quince, muy diversas en asunto y en mérito. De gran parte de ellas puede prescindirse sin menoscabo de la gloria del poeta. Sobre historias de la ley antigua versan Los cabellos de Absalon (mera refundicion, con un acto entero igual, de La venganza de Tamar, valentísima tragedia del maestro Tirso de Molina, siquiera la deslustre lo repugnante de algunas situaciones); La Sibila del Oriente, refundicion de un auto sacramental, El árbol del mejor fruto, y obra de las peor escritas é imaginadas de Calderon, llena de absurdos geográficos é históricos, como hablar Joab de las cuatro partes del mundo y de los enemigos que habia derrotado junto al Danubio; y Júdas Macabeo, donde se hace uso de pólvora y arcabuces. Las cadenas del demonio es la evangelizacion de Armenia por San Bartolomé, y La Aurora en Copacabana la aparicion de una imágen de la Vírgen en el Perú: obras las dos de escaso mérito. De la Exaltacion de la Cruz sólo quedan en la memoria de las gentes tres hermosísimos versos en que el autor llama al sagrado madero de la cruz:

Iris de paz, que se puso