ESTUDIO CRÍTICO.


Justa y noble cosa es que los pueblos honren la memoria de sus grandes poetas; pero si he de decir lo que siento, ántes me parece funesto que útil el entusiasmo oficial y la devocion obligada, que produce los aniversarios y centenarios, con el obligado cortejo de músicas, carros triunfales, pompas y apariencias, versos y justas poéticas. Aun lo bueno sobre un mismo asunto empalaga, cuando es demasiado: ¿qué será cuando en la turbia corriente de tales solemnidades rueda tanto de mediano y áun de malo? La secta de los cervantistas acabaria, á no ser tan grande el personaje á quien injurian y apedrean, por hacer aborrecible hasta el nombre de Cervántes en la memoria de las gentes. ¿Quién sabe si conseguirán otro tanto los calderonianos, á fuerza de sacrificar en las aras de su autor favorito todas nuestras glorias dramáticas? No sé á punto fijo en qué consiste, pero hay en el fondo de toda alma verdaderamente artística algo que se rebela contra las admiraciones convencionales, de ritual ó de reata, un secreto espíritu de reaccion contra todo fetiquismo, y de protesta contra gárrulos encomios. De aquí que los espíritus delicados y que sienten y aman desinteresadamente la hermosura, se refugien en el culto íntimo y solitario de otros autores más modestos y olvidados, á quienes suele llamarse de segundo órden por lo mismo que andan ménos profanados en bocas de necios, y porque han logrado la muy apetecible fortuna de no llevar tras sí una turba ignara de admiradores y devotos.

Quizá parezcan demasiado amargas las palabras que llevo escritas, pero no cabe en mi ánimo el decirlas más halagüeñas, ni el esperar nunca gran cosa de estas apoteósis semi-paganas, que poco han de regocijar en la otra vida á tan cristiano poeta como Calderon. Como quiera, parece que el más digno tributo que en tal ocasion puede ofrecerse á su gloria terrena es una nueva edicion de sus obras. Y por desgracia, las ediciones no abundan, ni en todo rigor crítico las mismas que hay satisfacen. Expuestos estamos á que cualquier extranjero, atraido á Madrid por el ruido y baraunda que á propósito de Calderon estamos haciendo, recorra en vano nuestras librerías sin encontrar otra coleccion asequible de las obras de autor tan famoso (en cuyo honor quemamos fuegos de artificio y encendemos luces de Bengala) sino la que forma parte de la Biblioteca de Autores Españoles, de Rivadeneyra. Si desea otra de más cómoda lectura y letra ménos apretada, tendrá que acudir á Leipzig en busca de la de Keil. Si no quiere ó no puede, por falta de tiempo, enterarse de toda la inmensa balumba de comedias y autos del poeta, y prefiere una edicion de sus dramas selectos, se fatigará en vano, porque hoy es el dia en que, á pesar de tantas bocanadas de humo y tantos ditirambos en loor de nuestro gran poeta nacional, áun tiene casi intacta en sus almacenes la Real Academia Española la impresion de los dos primeros tomos de dramas escogidos de Calderon, que empezó á publicar en 1868, y que en vista de tal indiferencia del público, no ha pasado adelante. Bueno es ensalzar á Calderon y hacer versos y prosas en conmemoracion suya, y colgar de nuestros balcones retales de percalina, cual si se tratase de festejar la entrada de un héroe patriótico y libertador; pero áun fuera mejor leer y estudiar sus obras, y razonar un poco nuestras admiraciones à priori. Aunque nos duela decirlo, los mejores trabajos críticos acerca de Calderon, los de Schack, Rosenkranz y Schmidt, han salido de Alemania: el único texto críticamente impreso de una comedia suya le ha publicado un frances, así como ántes otros extranjeros vinieron á enseñarnos y á defender contra nuestros críticos que Calderon era un gran poeta, cuando aquí le teníamos por un bárbaro.

No todo se puede hacer en un dia, pero gran principio de remedio es conocer el daño. Y por eso entiendo que lo primero y más útil es popularizar la lectura de Calderon, para que el vulgo de las gentes, y áun el vulgo literario, no le juzgue de oidas y por adivinacion, sino atendiendo á lo que en sí mismo vale y significa. Por eso esta Biblioteca Clásica, ya que por su objeto y condiciones no puede honrarse con una edicion completa de D. Pedro Calderon de la Barca, publica hoy en cuatro volúmenes lo más selecto de su teatro, convenientemente ordenado y metodizado.

La ocasion parece oportuna para refrescar algunas ideas acerca del autor y de su mérito dramático.

I.—Vicisitudes de la crítica calderoniana.

Calderon, de igual suerte que Lope, no obtuvo en su tiempo más que alabanzas, ni hay ejemplo de popularidad igual á la suya, como no sea la del Fénix de los ingenios. Y áun me atrevo á decir que fué más honda y sobre todo más duradera la de Calderon, como que á los erráticos vuelos y facilidad abandonada del padre de nuestro teatro sustituyó una concepcion dramática, si ménos ámplia y rica, más una y consistente, y asimismo más española, aunque más estrecha: tan española y tan del tiempo en que floreció, como que Calderon vino á ser el poeta nacional por excelencia: lauro honrosísimo, aunque se compre á costa de un poco de personalidad, y lauro tal que sólo suelen alcanzarle los autores de las primitivas epopeyas ó los ingenios afortunados que, como Dante, cogen una sociedad y una lengua en mantillas, y modelan á su gusto la literatura y la lengua. Pero el hacerse poeta popular cuando ya se ha fijado la lengua, y cuando la literatura de un pueblo ha llegado al punto culminante de su desarrollo, sólo suele alcanzarse por medio de la dramática; y como en el mundo andan siempre revueltos los bienes con los males, trae consigo (por lo general) á la vez que cierta abdicacion del sentir y del pensar propios, una triste sujecion á las formas convencionales y á los gustos del público, lo cual si hace al poeta personaje semi-sagrado entre los de su tiempo y raza, suele perjudicarle para lo futuro, sobre todo en el concepto de los extraños, y áun hacerle ininteligible, quitándole esa universalidad que da vida y juventud perenne á Shakespeare y á Cervántes, por ejemplo. Algo de esta fatalidad pesa sobre Calderon, pero no del todo, puesto que de él se admiran por la crítica de todos los países las concepciones y los asuntos (indicio seguro de vigorosísimo entendimiento), aunque logre ménos aplauso la ejecucion, que así en los aciertos como en los lunares, es muy española y muy del siglo XVII, ya decadente.

Como quiera, repito que nuestro poeta fué gala, entusiasmo y regocijo de su siglo, no sólo durante su vida larga, quieta, serena y siempre honestamente ocupada, sino despues de su muerte, que produjo un verdadero duelo nacional, siquiera tomase éste formas más solemnes y graves que las que sirvieron para honrar la memoria de Lope. La escuela de éste áun habia experimentado lucha y contradicciones; pero en tiempo de Calderon la victoria del sistema dramático independiente, español y revolucionario podia juzgarse completa. Hasta los clásicos más recalcitrantes habian cedido, y con alto espíritu estético buscaban en la Poética del Stagirita defensa y justificacion para las audacias de nuestros dramáticos, y ensalzaban el teatro español en el concepto de arte naturalista, puesto que, entendido rectamente el principio de la imitacion ó mimesis, que sirve de fundamento á las enseñanzas de Aristóteles, claro es que implica no la mecánica imitacion de los modelos, sino la reproduccion de la naturaleza humana con toda la variedad y riqueza de contrastes y con la alternativa de lágrimas y de risas que ella en sí tiene, y que en la vida se muestra y desarrolla. De donde inferian que, siendo la comedia espejo de la vida humana, cumplian á maravilla con su objeto nuestros dramáticos, fieles pintores de la realidad histórica que sus ojos veian, y hábiles al par que valientes en la mezcla de los efectos cómicos y trágicos. Tal es, en sustancia, la doctrina que en modo muy dialéctico y bien trabado expusieron el catedrático complutense Alonso Sanchez de la Ballesta, grande apologista de Lope de Vega contra las detracciones de Pedro de Torres Ramila, el licenciado Francisco de la Barreda en uno de los discursos que sirven de exornacion al Panegírico de Plinio (traido por él á nuestra lengua), y así otros muchos que fuera largo enumerar.