Sólo reparos morales pusieron algunos escrupulosos á las comedias de Calderon, como ántes á las de Lope y Tirso. Porque si es verdad que el autor de La vida es sueño y de El Príncipe constante, y de tantas otras joyas de la inspiracion cristiana, fué por lo general el más católico de todos los dramáticos del mundo, y aunque sea cierto de igual modo que áun en sus comedias de costumbres se abstuvo cuerdamente de las liviandades y desenfados que el fraile de la Merced habia consentido á su apicarada musa, tambien lo es que en esas mismas comedias y en sus dramas trágicos pagó largo tributo Calderon á las preocupaciones de su tiempo y de su sangre, y sobre todo á esa moral del honor, moral social y relativa, en muchas cosas opuesta á la moral cristiana y absoluta. De aquí no sólo tésis radicalmente inmorales como la de A secreto agravio secreta venganza, sino una lastimosa exageracion del espíritu vindicativo, duelista y de punto de honra. Cierto que pueden traerse circunstancias atenuantes. Así, verbi gracia, el sangriento castigo del adulterio muestra por su misma dureza y ferocidad la rareza de las infracciones, el espíritu patriarcal que aún imperaba en la familia castellana, y el dominio de la ley ética en la mayor parte de los corazones.

Pero es lo cierto que el teatro de Calderon promovió ya en sus dias los escrúpulos de algunos varones timoratos, y él mismo hubo de defenderse en un papel dirigido al Patriarca de las Indias, alegando el mandato del Rey, que le hacía escribir para sus fiestas. Despues de su muerte, la aprobacion dada á la Verdadera Quinta Parte de sus comedias por el trinitario fray Manuel de Guerra y Ribera, aficionadísimo, como otros frailes de su tiempo, á los espectáculos dramáticos, promovió contestaciones y clamores, que en vano quiso acallar el mismo aprobante con su Apelacion al tribunal de los doctos, ocasion de nueva pelamesa, en que al fin vino á quedar por los calderonianos la victoria.

Censuras literarias no se hicieron de Calderon hasta el siglo XVIII. Iniciólas Luzan en su célebre Poética (1737), tenida generalmente por código del gusto frances, aunque debe más á los italianos, cuyas interpretaciones sutiles y menudas de Aristóteles aceptó por completo. Luzan anduvo harto duro con el teatro español, no tanto, sin embargo, como sus discípulos. Por lo comun, acierta en la parte negativa, y no hay más remedio que darle la razon cuando censura, por ejemplo, los anacronismos y los errores geográficos de los dramas históricos, ó cuando tilda en las comedias de capa y espada el abuso de unos mismos é inverosímiles recursos, los escondidos y las tapadas, las casas con dos puertas, las riñas y cuchilladas, y aquello de no tener las voces humanas acento propio y distintivo; ó bien cuando reprueba en todo el teatro calderoniano el vicioso lujo y pompa desconcertada de diccion, el hacinamiento de incoherentes alegorías y metáforas, y la intemperancia lírica que á lo sumo, y en los momentos en que el mal gusto de la época no le vicia del todo, no pasa de elegantissima luxuries. De otros reparos de Luzan no se hable, y téngase por dicho que no dejó de sacar á plaza contra Calderon las famosas unidades de lugar y tiempo, de la primera de las cuales ni rastro hay en la Poética de Aristóteles (como quiera que la extrema sencillez del drama griego excluia casi las mutaciones escénicas, ó, mejor dicho, tenía una escena tan ideal como el drama mismo), refiriéndose sólo de pasada, y no como precepto sino como recuerdo histórico, á la segunda, cuando dice que «la tragedia suele encerrarse en un período de sol ó le traspasa poco.»

Los amigos y los discípulos de Luzan insistieron en la parte más endeble de su crítica, olvidando las amplísimas concesiones que una y otra vez hace al alto ingenio y soberana fantasía del poeta. Por el contrario, para Nasarre, Montiano y Velazquez, para el mismo Moratin el padre, ingenio español de tan buena ley, Calderon no fué más que el segundo corruptor del teatro, un salvaje delirante, digno sólo de ser aplaudido por un pueblo de bárbaros. Y no pararon aquí sus diatribas y desdenes, sino que hallando eco en las regiones oficiales, lograron en 1763 la prohibicion de los Autos sacramentales, como ultraje á la religion y al buen gusto. ¡Y esto lo decian los ministros de Cárlos III y los abates volterianos, saturados de las heces de la Enciclopedia! Ni es de admirar que para los sectarios de una poética semi-mecánica y de una filosofía rastreramente sensualista fuesen letra muerta, y áun pudiesen equipararse con el apocalíptico libro de los siete sellos, las extrañas composiciones lirico-dramáticas con que nuestros vates ensalzaron el adorable misterio de la Eucaristía.

La intolerancia doctrinal se extendió hasta á las composiciones profanas, y, con asombro mezclado de risa, leemos hoy que el despotismo administrativo de aquellos leguleyos vedó severamente, á fines del siglo XVIII, la representacion de La vida es sueño (quizá por haber en ella una rebelion triunfadora), la del Príncipe Constante, apoteósis del mártir D. Fernando, y El Gran Príncipe de Fez, compuesta en glorificacion de la Compañía de Jesus, motivo bastante para que la mirasen de reojo los que inicuamente habian expulsado á los hijos de San Ignacio.

Ni áun los críticos de más larga vista entre los de siglo pasado, D. Pedro Estala, por ejemplo, que en los discursos preliminares á sus traducciones, harto olvidadas, del Edipo Tirano de Sófocles, y del Pluto de Aristófanes, tan perfectamente atinó con el verdadero carácter de la tragedia y de la comedia griegas, y declaró aquel teatro admirable pero no imitable, por corresponder á un estado social y á una concepcion religiosa tan diversos de los nuestros, no acertó á desprenderse de los resabios de preceptista en sus juicios acerca de nuestro teatro, ni á hacer más alto elogio de Calderon que el de estimarle como felicísimo constructor de intrigas dramáticas, hábil en la trama y en el enredo hasta el punto de empeñar poderosamente (aunque con interes algo pueril, semejante al que resulta de descifrar un enigma ó una charada) la atencion de los espectadores. Y con crítica todavía ménos elevada y frase que raya con lo ridículo, habló del travieso Calderon nuestro eximio latinista Sanchez Barbero. ¡Y áun creeria pecar de tolerante aplicando la categoría de travesura al sublime ingenio que acertó á vestir de forma dramática el problema de la razon y del libre albedrío, los triunfos de la fe y de la gracia, los furores y desatada tempestad de los celos!

Pero miéntras esto pasaba en España, una reaccion profundísima, y guerra declarada contra el sistema dramático frances, se habia iniciado en Alemania con la Dramaturgia de Lessing, y la victoria iba quedando por los innovadores, de quienes vino á ser poderoso auxiliar aquel renacimiento de toda conciencia nacional que respondió, como protesta, á las conquistas napoleónicas. Comenzaron á ponerse en boga las literaturas indígenas, populares y espontáneas, y tanto más, cuanto más radicalmente se apartaban del arte convencional, académico y ceremonioso de los franceses. Tras de Lessing, con sus nuevas interpretaciones de la Poética de Aristóteles y sus ideas de tragedia realista y bourgeoise, vino Herder popularizando las canciones nacionales de muy diversos tiempos y países. Traspasó los límites de Inglaterra la devocion shakespiriana, y los dramas históricos del gran poeta inglés, sus crónicas en verso, con toda su animacion, movimiento y lujo de episodios, revivieron gloriosamente en el Goetz de Berlichingen, vigorosísima pintura rústica y familiar de los últimos dias de la Edad Media, y en el Campamento de Vallenstein de Schiller. Hizo Guillermo Schlegel el paralelo entre el Hipólito de Eurípides, y la Fedra de Racine, mostrando cuánto difiere la casta sencillez de la tragedia antigua (aunque se la considere en el último y más retórico de sus modelos, en el que más tributo pagó al sentimentalismo enervador y á los recursos patéticos) del arte peinado y relamido de los salones de Versalles.

Así nació el romanticismo aleman, cuyo poeta fué Tieck, y cuyos legisladores son los dos Schlegel, á quienes nos complacemos en citar, á pesar del amargo dejo que en los ánimos de nuestra generacion han dejado las humorísticas chanzas de Henrique Heine. Pero nunca las chanzas fueron argumentos, ni es el humorismo sistema crítico, sino estado subjetivo, fisiológico y á veces patológico, del espíritu que ve las cosas por un sólo aspecto, y hace víctima de sus caprichos de un dia al objeto del conocimiento. Y diga lo que quiera Heine (cegado además por su odio á todo género de restauracion católica), áun está por escribirse el libro que pueda sustituir, ni en la alteza de miras, ni en lo delicado del sentimiento estético, á las Lecciones de literatura dramática de Guillermo Schlegel. Miéntras otros le zahieren (sin perjuicio de saquearle), séanos lícito tenerle por una de las piedras angulares de la crítica moderna. Hoy son vulgaridades muchos de los principios que allí por primera vez se consignaron. ¿Qué triunfo más glorioso para un libro de crítica?

Todo el Curso de Schlegel está encaminado á la glorificacion de Calderon; aunque sólo en el último capítulo se trata de él ex-professo. Pero el autor no le olvida nunca, ni al hablar de la tragedia griega, ni al discurrir acerca de Shakespeare, ni al maltratar á Molière. Todas las formas dramáticas le parecen imperfectas y una como preparacion para aquella forma más alta, en que se resuelve de un modo firme y sereno el enigma de la vida humana. Al coronar con ella su edificio histórico, abandona Schlegel el tono de la crítica y prorrumpe en el más entusiasta ditirambo.

¿Era fundada del todo esta admiracion? En primer lugar, Guillermo Schlegel, y lo mismo su hermano Federico, que con ménos elocuencia desarrolló las mismas ideas en su Historia de la literatura antigua y moderna, desconocia casi en absoluto todo el teatro español anterior á Calderon y contemporáneo de él. De aquí el mirarle como un solitario coloso, y atribuirle todas las perfecciones y excelencias de una escuela, y poner en su cabeza la gloria de toda una literatura. Además, lo que Schlegel admira, sobre todo, en Calderon es el vigor sintético del ingenio, la grandeza de las concepciones, el espiritualismo cristiano vivo y prepotente, lo recto y justiciero del sentido moral, cualidades que en mucha parte debió Calderon á haber nacido español y católico y en el siglo XVII. Pero ¿cómo se le habia de ocultar á Schlegel que, así el sereno idealismo de Sófocles como el ardiente naturalismo shakespiriano, puntos extremos, é igualmente admirables, del arte, vencen al drama calderoniano en lo perfecto de la ejecucion, en lo eterno y universal de las situaciones y de los caracteres, en la intensidad y en lo verdadero de los afectos; viniendo á ser nuestro teatro (y especialmente el de Calderon) dentro del drama romántico é independiente, algo parecido á lo que es dentro del teatro clásico la tragedia francesa, mutatis mutandis et servatis servandis, es decir, con la ventaja en el nuestro del poderoso aliento nacional que le informa y da vida, haciendo olvidar, cuando se le mira de léjos, faltas y aberraciones de gusto, ligerezas de ejecucion, y aquella poética menuda y caprichosa, que todo lo reglamentaba no ménos arbitrariamente que la de las tres unidades?