Alzad, señora, del suelo.
Una vida me pedís,
Y aunque es verdad que lo siento,
Enmiende el pesar de oiros
El gusto de obedeceros.
Mas no me lo agradezcais;
Que si una vida os ofrezco,
Es porque os debo una vida,
Sin saber á quién la debo.
Vuestro hermano, entre otras joyas,