El rey Inca respondió, que si daño venido les habia, que su ira habia sido la culpa, pues al principio no quisieron creer sus palabras ni tener su amistad, de que á él habia pesado; y liberalmente les otorgó que pudiesen estar en su tierra poseyendo, como primero, sus haciendas, con tanto que, á tiempo y conforme á las leyes, tributasen de lo que hobiese en sus pueblos al Cuzco; y que dellos mismos fuesen luego á la ciudad y le hiciesen dos palacios, uno dentro della y otro en Caqui[125], para se salir á recrear. Respondió que lo harian, y el Inca mandó soltar los cativos, sin que uno sólo faltase, y restituir sus haciendas á los que ya tenian por sus confederados; y para que entendiesen lo que habian de hacer y entre ellos no hobiese disensiones, mandó quedar un delegado suyo con poder grande, sin quitar el señorío al señor natural.

Pasado lo que se ha scripto, Inca Viracocha envió un mensajero á llamar á los de Caitomarca[126], questaban de la otra parte de un rio hechos fuertes, sin jamás haber querido tener amistad con los Incas que habia habido en el Cuzco; y como llegó [el] mensajero de Viracocha Inga, le maltrataron de palabra, llamando al Inca loco, pues así creia que ligeramente se habian de someter á su señorío.

CAP. XXXIX.—De cómo Viracocha Inga tiró una piedra de fuego con su honda á Caitomarca, y cómo le hicieron reverencia.

Luego que hobo enviado el mensajero Viracocha Inga, mandó á sus gentes que, alzado el real, caminasen para se acercar á Caitomarca. Y andando por el camino, llegó junto á un rio, á donde mandó que parasen para refrescar; y estando en aquel lugar, llegó el mensajero, el cual contó cómo los de Caitomarca habian burlado dél, y cómo decian que ningun temor tenian á los Incas. Y cómo fué entendido por Viracocha Inga, con gran saña subió en las andas, mandando á los suyos que caminasen á toda priesa; y así lo hicieron hasta ser llegados á la ribera de un rio caudaloso y de gran corriente, que creo yo debe ser el de Yucay[127]; y mandó poner sus tiendas el Inca, y quisiera combatir el pueblo de los enemigos, que de la otra parte del rio estaban; más iba el rio tan furioso, que no se pudo poner en efecto. Los de Caitomarca llegaron á la ribera, desde donde con las hondas lanzaban muchas piedras al real del Inca, y comenzaron de una y otra parte á dar voces y gritos grandes; porque en esto es estraña la costumbre conque las gentes de acá pelean unos con otros, y cuán poco dejan á sus bocas reposar.

Dos dias cuentan questuvo en aquel rio el Inca sin pasarlo, que no habia puente ni tampoco se usaban las que agora hay ántes que hobiese Incas; porque unos dicen que sí y otros afirman que nó. Y como pasase el rio Viracocha Inga, dicen que mandó poner en un gran fuego una piedra pequeña, y como estuviese bien caliente, puesto en ella cierta mestura ó confacion, para que pudiese en donde tocase enprender la lumbre, la mandó poner en una honda de hilo de oro, conque, cuando á él placia, tiraba piedras, y con gran fuerza la echó en el pueblo de Caitomarca; y acertó á caer en el alar de una casa que estaba cubierta con paja bien seca, y luego con ruido ardió de tal manera, que los indios acudieron por ser de noche al fuego que vian en la casa, preguntándose unos á otros qué habia sido aquello y quién habia puesto el fuego á la casa. Y salió de través una vieja, la cual dicen que dijo: "Mirá lo que os digo y lo que os conviniere, sin pensar que de acá se haya puesto fuego á la casa, ántes creed que vino del cielo, porque yo lo ví en una piedra ardiendo, que, cayendo de lo alto, dió en la casa y la paró tal como la veis.

Pues como los principales é mandones con los más viejos del pueblo aquello oyeron, siendo, como son, tan grandes agoreros y hechiceros, creyeron que la piedra habia sido enviada por mano de Dios, para castigarlos porque no querian obedecer al Inca; é luego, sin aguardar respuesta de oráculo ni hacer sacrificio ninguno, pasaron el rio en balsas, llevando presentes al Inca; y como fueron delante su presencia, pidieron la paz, haciéndole grandes ofrecimientos con sus personas y haciendas, así como lo hacian los confederados suyos.

Sabido por Viracocha Inga lo que habian dicho los de Caitomarca, les respondió con gran disimulacion, que si aquel dia no hubieran sido cuerdos en venir, que el siguiente tenia determinado de dar en ellos con grandes balsas que habia mandado hacer. Y pasado esto, se hizo el asiento entre los de Caitamarca y el Inca; el cual dió al capitan ó señor de aquel pueblo una de sus mujeres, natural del Cuzco, la cual fué estimada y tenida en mucho.

Por la comarca destos pueblos corria la fama de los hechos del Inca, y muchos, por el sonido della, sin ver las armas de los del Cuzco, se le mandaban á ofrescer por amigos y aliados del rey Inca, que no poco contento con ello mostraba tener, hablando á los unos y á los otros amorosamente y mostrando para con todos gran benivolencia, proveyendo de lo que él podia á los que veia tener necesidad. Y como vido que podia juntar grande ejército, determinó de hacer llamamiento de gente para ir en persona á lo de Condesuyo.

CAP. XL.—De cómo en el Cuzco se levantó un tirano, y del alboroto que hobo, y de cómo fueron castigadas ciertas mamaconas, porque, contra su religion, usaban de sus cuerpos feamente, y de cómo Viracocha Inga volvió al Cuzco.

De todas las cosas que á Viracocha sucedian iban al Cuzco las nuevas; y como en la ciudad se contase la guerra que tenia con los de Caitamarca, dicen que se levantó un tirano hermano de Inca Yupanqui el pasado, el cual, habiendo estado muy sentido, porque el señorío y mando de la ciudad se habia dado á Viracocha Inga y no á él, y aguardaba tiempo oportuno para procurar de haber el señorío. Y este pensamiento tenia éste, porque hallaba favor en alguno de los orejones y principales del Cuzco del linaje de los Orencuzcos; y con la nueva desta guerra que el Inca tenia, paresciéndoles que tenia harto que hacer en la fenecer, animaban á este que digo, para que, sin mas aguardar, matase al que en la ciudad por gobernador habia quedado, para se apoderar della.