Estando Inca Yupanqui en el Cuzco procurando de lo ennoblecer, determinó de ir á Collasuyo, que son las provincias que caen á la parte del Austro de la ciudad, porque tuvo aviso que los descendientes de Zapana, que señoreaban la parte de Atuncollao, eran ya muy poderosos y estaban tan soberbios, que hacian junta de gente para venir sobre el Cuzco; y así, mandó apercibir sus gentes. Y como el Cuzco mucho tiempo no sufre paz, cuentan los indios, que como hobiese allegado mucha gente Inca Yupanqui para la jornada que queria hacer, estando ya para se partir, como hobiesen venido algunos capitanes de Condesuyo con gente de guerra, trataron entre sí de matar al Inca, porque si de aquella jornada salia con victoria, quedaria tan estimado, que á todos querria tener por vasallos y criados. Y así, dicen que estando el Inca en sus fiestas algo alegre con el mucho vino que bebian, allegó uno de los de la liga y que habian tomado el partido ya dicho, y alzando el brazo, descargó un golpe de baston en la cabeza real, y que el Inca turbado y con ánimo, se levantó diciendo: "¿Qué hiciste, traidor?" Y ya los de Condesuyo habian hecho muchas muertes; y el mismo Inca se pensó guarecer con irse al templo; mas fué en vano pensarlo, porque alcanzado de sus enemigos, le mataron, haciendo lo mesmo á muchas de sus mugeres.

Andaba gran ruido en la ciudad, tanto que no se entendian los unos á los otros: los sacerdotes se habian recogido al templo y las mujeres de la ciudad, aullando, tiraban de sus cabellos, espantadas de ver al Inca muerto de sangre, como si fuera algun hombre vil. E muchos de los vecinos quisieron desamparar la ciudad, y los matadores la querian poner á saco, cuando, cuentan, que haciendo gran ruido de truenos y relámpagos, cayó tanta agua del cielo, que los de Condesuyo temieron, y sin proseguir adelante, se volvieron, contentándose con el daño que habian hecho.

Y [cuentan ó dicen] los indios, que en este tiempo eran señores de la provincia que llamaban Andaguailas los Quíchuas[117], y que de junto á un lago que habia por nombre Choclococha[118], salieron cantidad de gente con dos capitanes llamados Guaraca y Uasco, los cuales vinieron conquistando por donde venian, hasta que llegaron á la provincia dicha; y como los moradores della supieron su venida, se pusieron á punto de guerra, animándose los unos á los otros, diciendo que seria justo dar la muerte á los que habian venido contra ellos; y así, saliendo por una puerta que va á salir hacia los Aymaraes, los Chancas con sus capitanes venian acercándose á ellos, de manera que se juntaron y tuvieron algunas pláticas los unos con los otros, y sin quedar avenidos, se dió la batalla entre ellos; que, cierto, segun la fama pregona, fué reñida y la victoria estuvo dudosa; mas, al fin, los Quíchuas fueron vencidos y tratados cruelmente, matando á todos los que podian á las manos haber, sin perdonar á los niños tiernos, ni á los inútiles viejos, tomando á sus mujeres por mancebas. Y hechos otros daños, se hicieron señores de aquella provincia y la poseyeron como hoy dia la mandan sus descendientes. Y esto hélo contado, porque adelante se ha de hacer mucha mencion de estos Chancas.

Y volviendo á la materia, como los de Condesuyo se fueron del Cuzco, fué limpiada la ciudad de los muertos y hechos grandes sacrificios; y se dice por muy cierto, que á Inca Yupanqui no se le hizo en su entierro la honra que á los pasados, ni le pusieron bulto como á ellos, y no dejó hijo ninguno.

CAP. XXXVIII.—Cómo los orejones trataron sobre quien seria Inca, y lo que pasó hasta que salió con la borla Viracocha Inga, que fué el octavo rey que reinó.

Pasado lo que se contó conforme á la relacion que los orejones del Cuzco dan de estas cosas, dicen más, que como se hobiese hecho grandes lloros por la muerte del Inca, se trató entre los principales de la ciudad quién seria llamado rey é merescia tener la tal dignidad. Sobre esto habia diversas opiniones; y porque tales hobo que querian que no hobiese rey, sino que gobernasen la ciudad los que señalasen, otros decian que se perdia sin tener cabeza.

Sobre estas cosas habia gran ruido; y temiendo su porfía, se cuenta que salió una mujer de través de los Anancuzcos, la cual dijo: "¿En qué estais ahí? ¿Por qué no tomais á Viracocha Inga, pues lo merece tan bien?" Oida esta palabra, como son tan determinables estas gentes, dejando los vasos del vino, á gran priesa fueron por Viracocha Inga, hijo de Inca Yupanqui[119], diciéndole, como le vieron, que ayunase lo acostumbrado y recebiese la borla que darle querian. Viniendo Viracocha en ello, se entró á hacer el ayuno y encargó la ciudad á Inca Roca Inca, su pariente, y salió al tiempo con la corona, muy adornado, y se hicieron fiestas solenes en el Cuzco, y que muchos dias duraron, mostrando todos gran contento con la eleccion del nuevo Inca.

Del cual algunos quisieron decir que este Inca se llamó Viracocha por venir de otras partes y que traia traje diferenciando, y que en las faiciones y aspecto mostró ser como un español, porque traia barbas. Cuentan otras cosas que más cansáran, si las hobiese de escribir. Yo pregunté en el Cuzco á Cayo Tupac Yupanqui y á los otros más principales que en el Cuzco me dieron la relacion de los Incas que yo voy escribiendo, y me respondieron ser burla y que nada es verdad; porque Viracocha Inga fué nascido en el Cuzco y criado, y que lo mesmo fueron sus padres y abuelos; y que el nombre de Viracocha se lo pusieron por nombre particular, como lo tiene cada uno.

Y como le fué entregada la corona, se casó con él una señora principal, llamada Runtu Caya[120], muy hermosa. Y como la fiesta del regocijo hobiese pasado, determinó de salir á conquistar algunos pueblos de la redonda del Cuzco que no habian querido el amistad de los Incas pasados, confiados en la fuerza de sus pucaraes; y con la gente que quiso juntar, salió del Cuzco con sus ricas andas, con guarda de los más principales, y endrezó su camino á lo que llamaban Calca[121], á donde habian sido rescebidos sus mensajeros con mucha soberbia; más, como supieron los del Cuzco ya estaban cerca dellos, se juntaron, armándose de sus armas, y se ponian por los altos de los collados en sus fuerzas y albarradas, de do desgalgaban[122] grandes piedras encaminadas á los reales del Inca, para que matasen á los que alcanzasen. E los enemigos, poniéndolo por obra, subieron por la sierra, y apesar de los contrarios, pudieron ganarles una de aquellas fuerzas. Como los de Calca[123] vieron los del Cuzco en sus fuerzas, salieron á una gran plaza, á donde pelearon con ellos reciamente, y duró la batalla desde por la mañana hasta el medio dia, y murieron muchos de entrambas partes, y fueron más los presos. La victoria quedó por los del Cuzco.

El Inca estaba junto á un rio, donde tenia asentados sus reales, y como supo la victoria, sintió mucha alegría. Y en esto, sus capitanes abajaban con la presa y cativos. Y los indios que habian escapado de la batalla con otros capitanes de Calca y de sus comarcas, mirando que pues tan mal les habia cuadrado el pensamiento, que el final remedio que les quedaba era tentar la fe del vencedor y pedirle paz con obligarse á servidumbre moderada, como otros muchos hacian; y así acordado, salieron por una parte de la sierra, diciendo á voces grandes: "Viva, para siempre viva el poderoso Inca Viracocha, nuestro Señor." Al roido que hacia el resonante de las voces, se pusieron en armas los del Cuzco, más no pasó mucho tiempo, cuando ya los vencidos estaban postrados por tierra delante de Viracocha Inga; á donde, sin levantar, uno que entre ellos se tenia por más sabio, alzando la voz, comenzó á decir: "Ni te debes, Inca, ensoberbecer con la vitoria que Dios te ha dado, ni tener en poco á nosotros por ser vencidos, pues á tí y á los Incas es permitido señorear las gentes, y á nosotros es dado con todas nuestras fuerzas defender la libertad que de nuestros padres heredamos, y cuando con ello salir no pudiéremos, obedecer y recibir con buen ánimo la subjecion[124]. Por tanto, manda que ya no muera más gente ni se haga daño, y dispon de nosotros á tu voluntad." Y como el indio principal hobo dicho estas palabras, los demás que allí estaban dieron aullidos grandes, pidiendo misericordia.