—No; lo que quieras tú, rica; a mí ¡qué más me da! ¡Con tal de ir contigo!

Ella no contestó, pero su brazo se apoyó con más fuerza en el brazo de Luis. Y siguieron andando hacia adelante, Botánico abajo, amorosamente enlazados, despacio, muy despacio, bajo la sombra de los grandes árboles.

—Isabelilla... Isabelilla...

—¿Qué?

—¿Me quieres?

Detúvose ella, levantó la cara; le miró a los ojos, y con un suspiro hondo, tan hondo que parecía salir de las entrañas, le contestó apasionadísima:

—¡Con toda mi alma!

—¡Bendita sea tu boca!

Volvieron la cabeza; miraron, no había nadie; juntaron los labios y se besaron con rápido chasquido.

—¡Mi Luis!