Lo dijo con acento tan amargo, que él se sintió conmovido, y sin soltarla del brazo, mejor dicho, oprimiéndoselo con dulzura, se la quedó mirando fijamente. Ella también alzó los párpados y, silenciosa, le envolvió en la mirada de sus ojos azules, de sus ojos grandes, serenos, tranquilos, más tristes que nunca.

Y siguieron andando.

La muchedumbre se extendía alegre y bulliciosa por el paseo inmenso, entre los puestos de juguetes, de bisutería barata, de comestibles indigestos, chufas, avellanas nuevas con su cáscara verde; dorados altramuces, tostados cacahuetes anillados y panzudos como capullos de gusano de seda; puestos de frutas con redondas manzanas, verdes peritas de San Juan, aterciopelados albaricoques, rojas naranjas, racimos de grosella que agitaban temblando sus bolitas de grana. Los puestos de flores estaban más arriba, al principio del paseo, alineados a ras del suelo como en patio andaluz; pequeños tiestecillos de albahaca, grandes tiestos de geranios; espléndidas hortensias, blancas, violeta, de color de rosa; las grandes magnolias cortadas de su tallo con las anchas hojas cubriendo los pétalos, llenaban el espacio de aromas penetrantes; los rosales extendían sus ramas espinosas cuajadas de capullos, de rosas a medio abrir, de rosas abiertas, de rosas deshojadas; mostraban los dondiegos sus flores nocturnas, y languidecían en las jarras las varitas de nardo, en tanto que los claveles se balanceaban orgullosos sobre las macetas, los claveles amarillos, los pálidos claveles, los claveles disciplinados, los grandes claveles reventones rojos y blancos. Allí estaban también los puestos de helados y refrescos, vistosamente engalanados con guirnaldas de hojas y cadenetas de papel de colores, unos con bombillas eléctricas, otros con farolillos venecianos, todos llenos de gente que charlaba y gritaba y reía sin dejar de beber. La luz caía sobre la mesa, blanqueando los vasitos de horchata, dorando el agua de limón, tornasolando el agraz, abrillantando las poncheras de metal reluciente donde el hielo se liquida y la cerveza salta en rizos de espuma. Y allí estaban también las aguadoras ambulantes, las pobres viejecitas del delantal blanco y enormes vasos llenos de agua cristalina y pura. ¡Del Berro fresquita! ¡Fresquita del Berro!

—¿Vamos hacia arriba?

—Como quieras.

Deshicieron el camino volviendo a pasar por delante de los puestos de bisutería y comestibles, arrastrados por la corriente de la muchedumbre que se deslizaba compacta, empujándose, codeándose, arrastrando los pies, con sordo rumor de río desbordado. Pasaron otra vez ante los puestecitos portátiles, los pequeños tenderetes de chucherías y juguetes baratos de hojalata y de cartón, los juguetes del perro gordo y hasta del perro chico, los abanicos de papel, las mariposas de talco, las figuritas de yeso, todas las habilidades de la industria menuda y del ingenio anónimo. De trecho en trecho, entre corros de sencillos admiradores, hacían su agosto los vendedores del juguete de actualidad, del juguete de moda, del último juguete recién traído de los bulevares de París, la rana que salta y el cochecito que corre y el pájaro que vuela; los aparatitos de actualidad práctica, la pluma que escribe sin tinta, la lamparilla que se enciende sola, la maquinita para afilar cuchillos.

Al llegar al obelisco del Dos de Mayo, la verbena se interrumpía bruscamente para reanudarse en seguida más animada aún con los caballitos de madera, los carrousels mecánicos, que giraban frenéticos, poseídos de delirante vértigo, mientras las máquinas, detrás de ellos, resoplaban fatigosas como monstruos cansados; las tiendas de bebidas, los pim... pam... pum..., con sus muñecos cabezudos vestidos de trapo; los destartalados barracones con exhibiciones extravagantes y maravillosas: «la Mujer Araña viviente, cazada en los desiertos salvajes de África»; «el Perro con seis patas»; los teatros Guignol, las marionetas, los grandes cinematógrafos con sus anuncios sugestivos de palpitante actualidad; los tiros al blanco, un maremágnum de cosas diversas y mezcladas, una endiablada confusión de tenduchos y casetas, y diversiones y espectáculos, todo revuelto, todo aglomerado, en desordenado desconcierto, campanas que tocan, payasos que gritan, vendedores que vocean, parroquianos que llaman, trompetas que suenan y bocinas que aturden; y dominando este infernal estrépito, reforzándole, sobreponiéndose a los gritos y a las campanas y a las trompetas y a los secos disparos de las carabinas, el resonar continuo y estridente de los antipáticos orquestrones.

Más adelante, entre el olor del aceite y las nubes de humo que asfixian los pulmones, los puestos de churros y buñuelos, con sus alegres camareras vestidas con faldas de volantes y los cabellos coronados de flores; y en todas partes, en el Botánico y en el Dos de Mayo y en el Prado y en la Cibeles, empujándose, codeándose, arrastrando los pies, contenta y bulliciosa, la muchedumbre, esa muchedumbre madrileña, siempre ansiosa de libertad, de fiesta y de alegría.

—¿Volvemos?

—Lo que tú quieras.