—Bueno, pues mejor. Demasiadas explicaciones te he dado ya.

Y separándose bruscamente del brazo de Luis, echó a andar sola, abanicándose.

—No, si la culpa no la tienes tú —contestó Luis sin mirarla, liando nerviosamente un cigarrillo de papel—. La culpa la tengo yo, que soy tan criatura y tan inocente que me creo...

—¿Qué? —preguntó ella deteniéndose.

—No, nada —contestó Luis mordiéndose los labios. Y ambos siguieron su camino cabizbajos y tristes. Al llegar frente al café de la Bolsa, el joven se detuvo de nuevo para preguntarla secamente—: ¿dónde vamos?

—Donde tú quieras. Lo mismo me da. Así como así, ya me has estropeado la noche.

—¿Quieres ir a la verbena?

Isabelilla se encogió de hombros sin contestar, y siguió andando sola.

—¡Eh, cuidado, mujer! —gritó él cogiéndola violentamente del brazo para librarla de un caballo que se le echaba encima—. ¿No ves que viene un coche?

—Déjalo; mejor. ¡Para lo que una vale!