—Vale todavía más el otro. ¡Toma, ya lo creo! Como que no tiene más que treinta y dos años. Un hombre elegantísimo, con una educación admirable; ¡qué educación, muchacho! Y simpático, ¿eh?, un hombre de mundo, capaz de enamorar a cualquier mujer. ¡No te me achares tú, tonto! —exclamó al observar el gesto de desagrado que se pintó bruscamente en el rostro de Luis—. ¡Si yo no le quiero! De verdad, sin tontería, yo no sé por qué no me tira ese hombre. Vamos, te voy a ser más franca. Creo que si no tuviera dinero, puede que le quisiera; pero así, yo no sé qué me pasa, me hiela. Oye: ¿por qué será esto que nosotras no queremos nunca al hombre que nos paga?

—¡Yo qué sé! —contestó Luis malhumorado.

—¡Pero qué tontísimo y qué mamarracho eres! ¿Te vas a enfadar ahora?

—No; me voy a salir por seguidillas, si te parece.

—Bueno; ¿y a qué viene todo esto?

—Viene a que si tú tuvieras dos dedos de sentido común, no dirías lo que has dicho, ni harías comparaciones que ofenden y molestan. Me parece que yo no te he restregado todavía ninguna mujer por las narices.

—No ha habido por qué.

—Pues ya ves, tú, en cambio.

—Lo hice sin intención.

—Pero lo has hecho.