—¡Qué guasón eres! ¡Párate, párate, espera! —exclamó tirándole del brazo y obligándole a resguardarse tras la columna de un farol.
—¿Qué te pasa?
—No, nada, sigue.
—¿Pero qué es eso?
—Aquel tío que va por allí, que me creí al pronto que era mi... esposo. ¡Maldita sea su estampa! ¡Qué susto me ha dado!
—¿Y no es? —preguntó Luis sobresaltado—. ¿Estás segura?
—No, no es... ¿Cómo va a ser, si está en Bilbao?
—Pero podía haber venido.
—Te digo que no es. ¡Si le conoceré yo! Pero se le parece mucho.
—Oye, pues este es un buen tipo.