—Por ahí. ¡Qué más da! La cuestión es ir juntos.

—Sí, vida mía, juntos, muy juntos, cogiditos del brazo como dos novios. Llevándote orgulloso y diciendo a todo el que te mire: «¿La ven ustedes? Pues es mía. ¿Ven ustedes estos ojos azules? Pues no miran en el mundo a nadie más que a mí. ¿Ven ustedes esta boca tan fresca? Pues no la besan más labios que mis labios. ¿Ven ustedes este cuerpo? Pues no le estrechan más brazos que los míos».

—¡Ay, Luisillo, Luisillo de mi vida! ¿Por qué no será verdad todo eso que me dices?

XVIII

—Has prometido llevarme a la verbena —dijo Isabelilla cuando salieron de Eldorado de ver una vez más la revista de Castro y Pedrosa.

—Ya te he dicho que yo te llevo a ti donde te dé la gana.

—Me gustas por lo complaciente que eres.

—¡Qué complacencias ni qué narices! ¿Tengo yo en el mundo otra cosa que hacer más que lo que a ti se te antoje?

—Nada, que hay que quererte. Pues, sí, iremos a la verbena y me comprarás torraos y avellanas nuevas, y un racimo de grosella y un pito.

—Y un mozo de cuerda para que nos lo lleve a casa.