—Déjame, déjame ya..., me vuelves loca —exclamó deshaciendo perezosamente el nudo de sus brazos y poniéndose en pie—. Me enloqueces, chiquillo.
—Y tú a mí me matas.
—Sí, sí, somos dos locos.
—Tienes razón; somos dos niños ansiosos que nos emborrachamos en seguida sin comprender que el amor hay que tomarle como los licores buenos, a sorbos, poquito y a menudo.
—Desengáñate, Luis; cuando se quiere, no hay razones que valgan. Tú y yo no nos sujetaremos nunca. Somos como el potro de esta mañana; damos en seguida todo lo que tenemos —contestó sin volver la cabeza, alzando las persianas del balcón que sonaron traqueteando con ruidoso tableteo.
Después se echó de pechos sobre la barandilla y paseó la mirada por la calle. Un vaho caluroso subía del arroyo. Sonaron a lo lejos confusas y cortadas las notas de un piano. Los escaparates encendidos brillaban en la tristeza del crepúsculo como enormes espejos heridos por el sol.
—¿Qué hacemos, Luis?
—Lo que tú quieras.
—Vámonos; me duele la cabeza; necesito que me dé un poco el aire.
—Y yo también; pero, ¿adónde vamos?