—Yo haré lo que tú quieras; seré tu esclava, tu criada, pero no me dejes. Luisillo de mi alma, no me dejes; no podría vivir sin tu cariño.

Luis se estremeció. Aquellas palabras eran las mismas que una tarde, hacía cuatro meses, le dijera María... Eran las mismas frases. Y el tono era el mismo. Y era una mujer enamorada quien las repetía, una mujer hermosa, una mujer rubia. Y era también en el solemne declinar de un crepúsculo.

—Háblame, dime que me quieres. Por tu salud, por tu padre, por lo más sagrado, dime que me quieres, aunque sea mentira.

—No, no lo es; te quiero, sí, te adoro con toda mi alma, con toda mi vida; te quiero porque me sale de las entrañas quererte.

Y era cierto; en aquel instante lo olvidaba todo y la quería de veras, la quería muchísimo y se sentía feliz y satisfecho con este amor. Bendito amor que alegra la vida y borra las distancias y une los seres, inmenso y único, grande y misericordioso, que todo lo invade y todo lo llena, que en todas partes triunfa y en todas partes vence, que sube a las buhardillas y llega a los palacios, y a todos nos domina y a todos nos iguala, ricos y pobres, señores y plebeyos, artistas y burgueses, nobles y rufianes, honradas y rameras.

—¡Te quiero!

—Y yo a ti.

Y en el augusto silencio del crepúsculo, de nuevo crepitaron los besos amorosos.

—¡Mi Luis!

—¡Mi Isabel!