Detúvose un instante y se pasó las manos por la cara, plegándolas después con amargo ademán de desaliento.
—Me entristezco con estas cosas y no quiero, no quiero entristecerme. Anda, Luisillo mío, Luisillo de mi alma, distráeme, dime que me quieres, dímelo, o si no, no me digas nada, bésame, anda, bésame; dame muchos besos, muchos, muchos...
Y se dejó caer sobre sus rodillas, anudándole mimosa los brazos al cuello en una crisis de ternura.
—¡Nene, nene mío..., nene de mis ojos!...
También él se sentía conmovido, profundamente emocionado ante el amoroso deliquio de aquella mujer, de aquella chiquilla encantadora que se le abandonaba generosa en los brazos, que desfallecía en ellos con estremecimientos de virgen primeriza y palpitaciones de hembra apasionada; de aquella criatura delicada, cariñosísima, toda amor, toda alma, toda ternura, que se anudaba a su cuello con zalamerías de niña mimada, enloqueciéndole con el mirar dulcísimo de sus ojos azules, con el mareante aroma de su cuerpo, con el cosquilleo de sus cabellos de oro, con el contacto tibio y suave de su carne de rosa.
—¡Mi vida..., alma mía!...
—¡Gloria mía!
Y en el silencio augusto del crepúsculo que comenzaba ya a caer, los besos crepitaron amorosos, largos, interminables.
—Te quiero, Luisillo de mi vida..., yo no sabía lo que era querer hasta que te he conocido a ti. Tú has despertado el amor en mi alma, tú has despertado el amor en mis sentidos. Yo ya no tengo voluntad, yo ya no tengo nada, yo no tengo más que ganas de quererte, ganas de ser tuya, toda la vida, tuya para siempre.
Él la escuchaba entusiasmado, enloquecido por aquellas palabras que penetraban en su ser como un perfume, como una esencia, cual música divina, saboreándolas como vino exquisito; embriagado por la dulce mirada de aquellos ojos azules, rasgados, de aquellas pupilas inmensas que brillaban tras las largas pestañas como faros de amor. Y ella seguía: