—Café.
—Vámonos al gabinete; nos lo servirán allí. Entretanto te enseñaré los trajes que me ha comprado ese. Verás qué hermosos.
Y empezó a amontonar sobre las butaquitas vestidos transparentes de gasa, crujientes faldas de seda, vaporosas blusas de batista, ligeros céfiros, aéreos foulards, todo un conjunto de colores tibios y delicados, claros azules, pálidos verdes, tenues violetas, rosas suaves, pajizos ocres, lisos unos, irisados otros, estos con flores, aquellos con dibujos, y todos con cintas y lazos y puntillas y entredoses y encajes, encajes blancos, encajes negros, encajes amarillos, encajes de Valenciennes, encajes ingleses, encajes belgas, todos primorosos, finos, exquisitos, un dineral en hilos caprichosamente entrelazados.
—Me gustan muchísimo los encajes; son mi chifladura.
Después sacó los sombreros; sombreros de paja, sombreros de tul, sombreros grandes, llamativos, exagerados, con artísticas complicaciones de flores y pájaros y plumas. Y ya puesta a sacar, sacó el calzado; botitas de charol reluciente, botitas de rusel granulado, botitas rojas de becerro, zapatos de lona, de cabritilla, de gamuza, altos, escotados, zapatos de bebé, de baile, con metálicas lentejuelas que brillaban, al moverse, con temblorosas luces. Después salieron los corsés de todas formas y tamaños: Marie Thérèse, bajo de escote y amplio de caderas; Pa-kio-ku, con grandes aberturas en los costados, sujetas por trencillas; Vaporeux, todo de transparente gasa; Ideal, reducido como justillo de aldeana, y un gran Amazona, de raso negro, alto de pecho y con una cadera nada más.
—Es para montar a caballo.
Detúvose un instante con objeto de tomar el té, que estaba ya frío, y siguió su tarea. Sacó las camisas, blancas camisas de batista; soberbias camisas de raso con el descote salpicado de encajes y caprichosos lazos en los hombros; largas camisas de dormir, abiertas por delante, con amplias mangas sujetas en las muñecas por brillantes cintas. Y sacó las medias, medias negras, azafranadas, de color de fuego, escocesas y a listas, de seda y de hilo, lisas y caladas, la mayoría sin estrenar, sujetas aún por los cordoncitos de estambre.
—¿Ves todo esto? Todo me lo ha comprado él, todo. Te advierto que aquí hay un dineral, un montón de duros tirados. ¡Qué tontos son los hombres! Si yo fuera hombre, a cualquier hora me gastaba yo el dinero con las mujeres. Me lo gastaría con la mía, con la propia, con una mujercita que me buscaría buena y honrada, para mí solo; ¿pero con una golfa como yo...? ¡Quita allá!
—Pues si todos los hombres pensaran de ese modo, estarías tú divertida.
—¡Quién sabe! Si los hombres pensaran de esa manera y nosotras no soñáramos tanto con el maldito lujo, a estas horas quizá estaría yo casada legalmente con un hombre que me querría mucho, mucho, y tendría unos nenes chiquitos, muy chiquitos, que me llamarían mamá. ¡Mientras que así!