—Pues, nada, afortunadamente no nos ha sucedido cosa mayor. La única desgracia mía es la de querer a este tío, que me tiene loca.
—Bueno ¿y qué vais ustedes a hacer ahora? —preguntó Pepa—, porque supongo que no os acostaréis.
—¡Hombre, claro que no! No faltaba más. Ahora almorzaremos.
Y almorzaron, en efecto, con una hambre devoradora.
—Es curioso lo que estos paseos despiertan el apetito. Porque has de saber, Pepilla —decía Isabel, con la boca llena— que esta madrugada cenamos opíparamente y después nos desayunamos como si tal cosa. Son muy sanos estos paseos ¡Qué lástima que yo no pueda levantarme todos los días a las cinco!
—Pero puedes no acostarte.
—¡Claro! Como hoy. No, hijo, no; estas cosas son para una vez.
—¿Tienes sueño?
—Ni chispa.
Y como no le tenían, se pusieron a jugar el café al tute, un café con leche del Café.