—Es peor que el de casa, pero, ¡qué quieres! me gusta más.
Después de perder el café Isabelilla, de pagarle Luis y de prepararle y servirle la Pepa con la habilidad de un cochero de punto o de un escribiente de cualquier oficina del Estado, los dos seres que, según opinión de todos los autores, llevan mejor a cabo esta empresa complicada y dificilísima, Luis empezó a arreglar los cuadros del gabinete, que le pareció que estaban desnivelados y torcidos. Desterró para siempre unas espantosas oleografías y en cambio colocó en lugar preferente una vieja pintura sobre cobre, que encontró en el pasillo, cerca del cuarto de la criada.
—Pero, hombre, ¿vas a poner ese mamarracho?
—Mamarracho..., mamarracho... Es un cuadro magnífico; lo mejor que tienes en tu casa.
No estaba él muy seguro de que el tal cuadro fuera realmente una joya; pero como la patina del tiempo le daba un aspecto de antigüedad muy respetable y las caras de las figuras, única cosa que se percibía algo, eran, por otra parte, bastante correctas, le colocó ufano en medio del gabinete, con gran admiración de Isabelilla, que no acertaba a comprender cómo aquellos negros chafarrinones podían tener tanto mérito.
En cuanto comenzó a caer la tarde se apoderó de ellos un sueño terrible que a cada instante les cerraba los párpados y les hacía abrir la boca con enormes bostezos. Obligaron a Pepa a que aligerara la cena y se metieron en la cama.
Parecía natural que al día siguiente se levantaran temprano; así al menos aquella lo esperaba; pero con gran asombro suyo, a las once de la mañana seguía cerrada la puerta y por las rendijas no se divisaba luz alguna ni se oía el más insignificante ruido de vida. Por fin, con el pretexto del chocolate, se determinó a entrar en la alcoba y los encontró profundamente dormidos.
—¿No les da a ustedes vergüenza? Las once de la mañana... ¡Catorce horas durmiendo...!
—No, durmiendo no; nos hemos despertado a las siete; pero este se puso a contar cuentos, unos cuentos chistosísimos. Yo me reía las tripas. Porque te advierto que tiene la mar de sal para contar chascarrillos. Anda, cuéntale uno a la Pepa, aquel de las monjas y el jardinero..., ¡ja..., ja..., ja...!
Y se reía como una loca al recordarle en su imaginación.