—¡Qué tontísima eres!

—Es que tiene muchísima gracia. Anda, cuéntale. Verás, Pepa, qué gracia tiene.

Pepa se sentó a los pies de la cama y Luis no tuvo más remedio, entre sorbo y sorbo de chocolate, que contar el cuento, y luego otro y otro y otro, todos en verdad muy divertidos, muy alegres y muy picantes, que las dos mujeres escuchaban riendo a carcajada tendida.

Total: que se levantaron a la una. Era domingo y a Isabelilla se le antojó ir a los toros. ¿Cómo negarse? Lo malo estaba en que para satisfacer este capricho, lo primero que hacía falta era dinero, y Luis no tenía un cuarto; pues las veinte pesetas que se salvaron de La Bombilla habían caído en las Ventas y en el Retiro, y no pasaba porque ella pagara, eso no; no estaba dispuesto en manera alguna a consentirlo.

—Mire usted, Pepa. Isabel quiere que la lleve a los toros, y yo no tengo en este momento dinero encima. Hágame usted el favor, sin que ella se entere, de empeñar esto en cualquier parte. Dan diez duros.

Y le entregó el alfiler de corbata que quince días antes le devolviera Boncamí.

—¡Qué lástima! ¡Empeñar un alfiler tan mono!

Vaya, que no lo llevaba. Si le hacían falta las cincuenta pesetas, ella se las prestaría con muchísimo gusto... Casualmente las tenía...

—No, no. Pepa, de ningún modo; no faltaba más.

—¿Pero, por qué, señor? Si se trataba solo de unos días, ¿qué necesidad tenía de pagar réditos? Además, es domingo, y las casas de préstamos están cerradas.