El argumento era decisivo; no tenía más remedio que conformarse y aceptar el préstamo, aun sabiendo que así la devolución tendría que ser más cara y más inmediata. Pero el inconveniente estaba vencido, y esto era lo principal por el momento. Aceptó, pues, el billete; envió por conducto de la Pepa una nueva carta a Sánchez Cortina y satisfizo el capricho de Isabelilla, llevándola a la fiesta nacional. Al salir de la plaza se dio cuenta Luis por primera vez de que la pechera de su camisa estaba negra de puro sucia, y de que sus puños parecían los de un carbonero.

—Mira, chiquilla, no tengo más remedio que ir a casa a mudarme.

—Sí, sí, a casa. Lo que tú quieres es ir a ver a la otra.

—No seas tonta, mujer; te digo que voy a casa.

—Bueno, pues yo iré contigo.

—¿Estás loca? ¡Eso es imposible!

—¿Imposible? Pues mira tú lo que son las cosas. Ahora es cuando yo tengo deseos de ir. Y voy, ¡ea!

—Mira, Isabel —dijo Luis afablemente, convencido de que por las malas no conseguiría nada de ella—; no es que mi casa se deshonre porque tú la visites ni muchísimo menos; se vestiría de fiesta para recibirte; pero es el caso que los dueños son unos viejos muy especiales; viven en el entresuelo y se enteran de todo; en seguida creerían que me paso la vida llevando mujeres allí; empezarían con dimes y diretes, tendría que acabar por mandarlos a paseo y mudarme y, la verdad, es una casita muy linda y muy barata, y no me conviene salir de ella.

—¿No me engañas?

—No te engaño, mujer. ¿Qué interés podría yo tener en engañarte? —contestó Luis muy satisfecho al ver el poco trabajo que le había costado convencerla.