—¿Y qué otra cosa tienes tú que hacer en el mundo, tonto?

Conforme a lo convenido, a la una de la madrugada el sereno de Luis les abría la puerta.

—Bueno —preguntó Isabelilla—. ¿Y la de tu casa? ¿Cómo la vas a abrir? Porque yo no te he visto llave ninguna.

—Ni la verás. Cualquier día me echo yo encima dos kilos de hierro. ¡Menuda llave es!

—Pues entonces, ¿cómo te arreglas para entrar en tu casa?

—De una manera muy sencilla; como se entra en casi todas las casas de huéspedes. Ahora verás.

En efecto, en cuanto llegaron a la puerta, Luis tiró del cordel y la puerta se abrió.

—¿Ves tú, mujer? Esto es de una sencillez primitiva.

—Pues, hijo, a mí me parece un disparate. Cualquier día te van a robar.

—¡Quia! No hay cuidado. Y aunque lo hubiera. ¡Para lo que se iban a llevar! Vaya, ya entraste en mi casita; ya estarás contenta.