Ella no contestó; observaba, miraba los muebles, los amplios sillones de gutapercha, la cómoda chaise longue, el armario de luna, la mesa de escritorio llena de libros y papeles en confuso desorden; chocábanle sobremanera los carteles de anuncios pegados en el papel del tabique como números de periódico taurino en pared de taberna, y contemplaba los retratos y caricaturas que en ellos alternaban, retratos de artistas, de hombres célebres, de mujeres hermosas, caricaturas grotescas al lápiz y al carbón; reíase, al verlas, como una chiquilla, y curiosa acercaba el quinqué para leer las dedicatorias.

—Oye, ¿sabes que es muy bonita tu casa?

—¿Te gusta?

—Mucho. ¡Cuántas mujeres habrás traído aquí! ¿eh?

Él protestó.

—¡Oh, no, ninguna, te juro que ninguna! Tú eres la primera.

—¡Bueno eres tú!

—Te digo que tú eres la primera que ha entrado, y bien sabes que contra mi deseo.

—Pues te fastidias, que he entrado, que he entrado —dijo mimosamente, restregando los nudillos—. Anda, enséñame tu casa; quiero verla toda.

—¡Oh, está pronto vista! Mira, la cocina; un poco chica y bastante oscura; para mí como si fuera un palacio de cristal; otro cuarto también oscuro; este le destino para libros y chismes viejos; la alcoba; ahí tienes mi cama, pura y honrada como la de una virgen.