Ella se echó a reír.
—¿De veras?
—Y tan de veras —contestó él, riendo también.
—¿Pero es posible?
—¡Toma! y tan posible.
Seguían riendo. Poco a poco se habían ido acercando el uno al otro. De pronto, ella enlazó los brazos a su cuello, y pegando los labios a su oído, le dijo en voz baja, muy baja y muy zalamera:
—Luisillo..., tengo un capricho; ¿eres tú capaz de negarle un capricho a tu nena?
XX
—Adiós, María; vaya usted con Dios.
—¡Ay, Castro, perdone usted, no le había visto!