—¿Dónde tan madrugadora?

—A misa. ¿Y usted?

—A la redacción.

—También usted madruga.

—¿Qué se va a hacer?, no hay más remedio. Y Luis, ¿está mejor?

—¡Cómo! ¿Qué dice usted? ¿Acaso está malo?

—Sí, está enfermo; hace cuatro días que no viene al periódico.

—Pues, nada, no sabía nada... Supongo que cuando nada me ha dicho, no será cosa de cuidado.

—Eso supongo yo y eso deseo.

—Muchas gracias.