Una salva de aplausos contestó al discurso del presidente.

Sánchez Cortina se levantó, y con voz temblorosa, emocionada, dio las gracias al Congreso. Nuevamente explicó lo ocurrido, al parecer quitándole importancia, pero haciendo, en realidad, resaltar los detalles. Él agradecía desde lo más íntimo de su alma aquellas pruebas de cariño y de simpatía, tanto más de estimar cuanto que su acción no había tenido valor alguno. Él estaba seguro de que todos, absolutamente todos, en su caso, habrían hecho lo propio. Y por lo que se refería a las heridas que tenía en las manos, aquello no valía la pena; pequeñas quemaduras producidas por la mecha ardiente. ¡Ah! entre las muchas heridas que los hombres públicos están expuestos a sufrir en cumplimiento de su deber, ¡ah!, no eran aquellas, no eran seguramente aquellas, las que más le dolían...

Otra salva de aplausos cerró su discurso. Los firmantes de la proposición incidental se mordieron los labios.

El presidente del Consejo habló también breves momentos para decir que el Gobierno tenía ya las señas de los terribles criminales, y que en breve serían detenidos.

Y los jefes de los partidos parlamentarios se creyeron igualmente en el deber de pronunciar su discursito de plácemes y elogios al señor ministro. Y el señor ministro tuvo otra vez que levantarse para volver a agradecer aquellas sinceras demostraciones de cariño.

El presidente agitó la campanilla y dijo:

—El señor Puig tiene la palabra para apoyar la proposición incidental.

El señor Puig se levantó, y en su nombre y en el de los firmantes rogó a la presidencia que la diese por retirada.

—Queda retirada la proposición incidental —dijo el presidente—. ¿Hay algún señor diputado que tenga pedida la palabra?

Los diputados no le oían; comentaban en alta voz el suceso. Alrededor del banco azul, un grupo numeroso se afanaba por estrechar las manos vendadas del ministro.