Sánchez Cortina se echó a reír y contestó:

—¡Ca, hombre! Voy a recogerla yo mismo.

Diez minutos después, todo era agitación en el Congreso. Los porteros no dejaban salir a nadie. Los guardias civiles recorrían los pasillos, los salones, las tribunas, mirando, escudriñando, oliendo, como perros pachones. Diez o doce personas fueron detenidas e incomunicadas. Los diputados entraban y salían precipitadamente. Los periodistas, inquietos, se miraban los unos a los otros. Nadie sabía a punto fijo qué es lo que pasaba, pero todo el mundo comprendía que pasaba algo gordo. Una frase comenzó a correr de boca en boca.

—¡Una bomba, han colocado una bomba!

Sánchez Cortina entró en el salón de sesiones con las manos vendadas. Los ministros y muchos diputados le rodearon. Él, con ademanes vivos y expresivos gestos, explicaba algo. El presidente del Consejo conferenció con el presidente de la Cámara.

El secretario leía en aquel instante la proposición incidental. Nadie le oía. Toda la atención del Congreso estaba fija en las manos vendadas del ministro. Con grande asombro de todo el mundo, el presidente agitó la campanilla y dijo:

—Antes de conceder al señor Puig la palabra para apoyar la proposición incidental que acaba de leerse, la presidencia cree que debe dar cuenta al Congreso de un desagradable incidente que acaba de ocurrir.

Los diputados se miraron los unos a los otros. Cesaron todos los rumores. Un silencio augusto se apoderó de toda la sala.

El presidente con grave y reposada voz continuó:

—Señores diputados: una mano criminal ha querido hacer del día de hoy, día de luto y de desolación para todos nosotros. Una bomba de dinamita, una de esas máquinas malditas que la perversidad de los hombres ha inventado para aniquilarse mutuamente, ha sido colocada en uno de los water-closets, ya que la vigilancia de los empleados del Congreso ha impedido en otro sitio, con objeto de volar el edificio de la casa del pueblo. Una circunstancia providencial ha hecho que el señor ministro de Agricultura la descubriese cuando ya la mecha tocaba a su término, cuando iba a ser inevitable la catástrofe. Y el señor ministro, con un arrojo y una temeridad increíbles, con un valor y un desprendimiento por todas razones dignos de encomio, con un desprecio de su propia vida, que jamás se estimará lo bastante, se arrojó sobre ella y le arrancó la mecha. Yo, señores, no encuentro en este momento palabras para enaltecer la acción del señor ministro de Agricultura que, con exposición de su propia existencia, ha salvado quizá la de todos nosotros. Yo os pido, y creo interpretar fielmente los sentimientos de toda la Cámara, un voto unánime de gracias para el señor ministro.