—Perdone usted que me reserve el nombre de ese infeliz; es un pobre desequilibrado, padre de familia, a quien no quisiera que le sucediese nada malo. Pero es preciso recoger esa bomba antes de que se entere nadie. Hay que evitar el escándalo, ¿no le parece a usted?
Sánchez Cortina había escuchado el relato con vivísima atención, sin despegar los labios. Cuando el joven terminó de hablar, le cogió de un brazo, y llevándole a un rincón le preguntó en voz baja:
—¿Se ha enterado alguien de esto?
—Nadie absolutamente.
—Bueno, pues es preciso que usted lo olvide lo mismo, ¿estamos? Desde este instante se le ha olvidado a usted todo.
Lo dijo con tal tono de autoridad, que Luis no osó replicarle.
—¿En qué retrete está esa bomba?
—En el primero de la derecha.
—Está bien; márchese usted a la tribuna.
—¿Va usted a disponer que la recojan?