Una mañana al entrar en la Redacción le dijo Castro:
—Acabo de recibir una carta de Sánchez Cortina. Está en Valencia; he pedido un billete, y si me lo dan me voy esta misma tarde. Necesito hablar con él. Es el único que puede salvarnos. Le expondré nuestra situación y veré si puedo sacarle mil o dos mil pesetas; ¡qué caramba!, yo creo que él ha de tener tanto interés como nosotros en que el periódico no muera. Le expondré varios proyectos que tengo. Por eso quiero verle en persona; estas cosas no pueden tratarse por carta. Te quedas de director, nada tengo que decirte.
Al día siguiente, muy temprano, al entrar en la redacción recibió la visita de dos caballeros correctamente vestidos de levita.
—¿El señor director de El Combate?
—Servidor de ustedes.
—Somos los representantes del señor García Pérez, y venimos, en su nombre, a rogarle a usted una retractación completa y satisfactoria de las injurias que nuestro representado estima que para él existen en el artículo titulado «Ídolos rotos», publicado en el número de anteayer.
—Sí, en efecto; ese día se publicó un artículo con ese título, pero no creo que en él haya nada injurioso para el señor García Pérez.
—El señor García Pérez juzga lo contrario y por eso nos comisiona para que logremos de usted una satisfacción.
—Yo tengo el sentimiento de manifestar a ustedes que El Combate no rectifica nunca.
—En ese caso nos vemos en la necesidad de exigirle, en nombre de nuestro representado, una reparación en el terreno de los caballeros.