—En ese terreno estoy siempre a las órdenes del señor García Pérez.
—No esperábamos menos de su caballerosidad. Usted tendrá la amabilidad de indicarnos con quién debemos entendernos.
—Ustedes comprenderán que, no esperando, como no esperaba, la visita de ustedes, no he tenido tiempo de ocuparme de este asunto.
—Es natural.
—Por lo tanto, ustedes tendrán la bondad de indicarme dónde y a qué hora pueden verle las personas que yo designe.
—Nosotros estaremos toda la tarde en casa.
—Perfectamente.
Despidiéronse con fría ceremonia y se marcharon tan correctos como habían venido.
Luis cogió el número de El Combate y se puso a leer el artículo que no había tenido tiempo de mirar. Era un artículo de Castro; un artículo brutal, duro de fondo y forma. Tenía mucha razón el señor García Pérez en darse por ofendido. Si a él le hubieran dicho aquellas cosas, de fijo que no habría tenido paciencia para esperar satisfacciones, sino que desde luego le hubiera roto la cabeza de un estacazo al insolente autor. Y ¿por qué demonio se había metido Castro con García Pérez, que era un infeliz, un bendito, incapaz de hacer daño a nadie, que se ganaba honradamente la vida haciendo versitos y notas de deporte en un semanario que nadie leía? Tentado estuvo de ir en su busca y darle todas las explicaciones y todas las satisfacciones que hubiera querido. Desgraciadamente esto no era posible. Podrían creer que tenía miedo.
Además, había que mantener el honor del periódico. Aquella frase suya de antes era un axioma: «El Combate no rectifica nunca».