—¿De modo que claudicas?

—No claudico; me someto; no es posible la lucha cuando no se cuenta con medios; yo no los tengo; no tengo base para esperar, ni carácter para transigir, ni energías para sostenerme, ni, en una palabra, ¿por qué no decirlo claro?, ni talento; me he convencido de que no tengo talento, de que no valgo. Es muy duro llegar a este desenlace, ¿verdad?; pues no hay otro, querido, no hay otro...

Y como cada vez más pesimista siguiera hablando, incluso de retirar su comedia del Español; Castro acabó por marcharse preocupadísimo, preguntándose a sí propio si el sablazo de García Pérez no le habría a Luis debilitado la cabeza.

Debilitarle precisamente no, pero hacerle comprender en un momento toda la realidad en su brutal crudeza, sí. Aquel sablazo fue para él rayo de sol que rasga la niebla, gota de agua que rebasa la copa. Al cabo de ocho meses de trabajo constante veíase peor que el día que empezó, peor aún que aquella célebre mañana, en que, lleno de agua, salpicado de lodo, le recogió de los charcos de la calle Vicente Boncamí; sí, peor aún, porque entonces tenía alientos, fe, esperanzas, ansias de lucha; entonces creía en todo, creía en sí mismo, en el poder de su inteligencia y en las energías de su voluntad. Creía en la gloria, creía en el arte, creía en la justicia, creía en el amor... Ahora..., ¿en qué iba a creer? ¿En qué iba a creer si no creía en sí mismo?

En vano Isabelilla, ignorante de estas luchas íntimas e internas, trataba de alegrarle y distraerle. A medida que los días pasaban, su abatimiento era mayor, mayor su tristeza. Isabelilla llegó verdaderamente a preocuparse.

—Pero, chiquillo, ¿qué tienes? ¿Qué te pasa? Mira que te vas a morir.

—¿Morir? Casi, casi es lo mejor que podría sucederme.

—¡Jesús, qué barbaridad! No digas eso.

—¿Por qué? Después de todo el que muere descansa.

A fuerza de pensar sobre esta idea, llegó a encontrarla tan natural y lógica, que, últimamente, si algo le extrañaba, era no haber pensado antes en ella. «Yo —decía— debí matarme hace mucho tiempo; la noche aquella en que me marché de casa de María; si aquella noche yo hubiera tenido el valor de levantarme la tapa de los sesos, me habría evitado toda esta serie de disgustos que me han venido encima. Pero de ahora no pasa; en cuanto me cure, salgo a la calle, compro un revólver y me pego un tiro. Resulta curioso esto de tener un hombre que esperar a ponerse bueno para matarse. Y me mato, ¡qué duda cabe de que me mato!».