Con estos malsanos discursos y otros por el estilo, pasábase la mayor parte del día y de la noche, con gran desesperación de Isabelilla, que más de una vez le sorprendió llorando.

—Pero, chiquillo, ¿qué tienes? ¿Qué te pasa? Cuéntamelo a mí.

—Nada, no tengo nada —repetía él. Y las lágrimas caían tibias y silenciosas por sus mejillas pálidas.

—Han traído una carta para ti —díjole una mañana Isabelilla—. Es letra de mujer. Viene de fuera.

Él cogió la carta; la devoró, la volvió a leer dos o tres veces, la rompió en pedazos y quedó mucho tiempo pensativo. Después se vistió y quiso salir a la calle; pero en el momento de ir a abrir la puerta, acometiole un síncope y cayó desmayado sobre la estera del pasillo.

XXXI

—¿Cómo está?

—Lo mismo. Ha pasado la noche delirando.

—¿Qué dice el médico?

—Que como venga el segundo ataque, está perdido.