—¡Demonio de muchacho! ¡Se va a morir! ¡Y en qué ocasión! ¡Hombre, precisamente cuando...!

—¡Chist! —intervino Isabelilla poniéndose un dedo en los labios—; no habléis tan fuerte; lo oye todo.

Pedrosa y Boncamí se retiraron a un extremo de la sala. Tras los cortinones de yute, la alcoba se sumía en dulce oscuridad. Un fuerte olor de éter impregnaba la atmósfera.

—Pero, ¿qué ha sido esto? ¿A qué se atribuye esta recaída?

—Isabelilla cree que a una carta que recibió anteayer, una carta de mujer. Por las señas debe ser de María; pero no se sabe de cierto, porque la rompió.

—Yo quise reunir los pedazos, ¿sabéis? —dijo Isabelilla—, pero me fue imposible. ¡Eran tan chiquitos! Lo único que pude reconstruir fue el final. Decía, veréis, decía: «Perdóname el daño que yo pueda hacerte, como yo te he perdonado el que tú a mí me has hecho. Al dejar este mundo de miserias para consagrarme al verdadero amor, solo deseo una cosa: que seas feliz».

—Pues ya es bastante.

—¡Toma, ya lo creo que es bastante!

—¡Pobre muchacho!

—¡Pobre Luis!