Ella se irguió y silenciosamente se marchó a la alcoba.

Luis quedó en la chaise longue, avergonzado. ¡Que siempre había de suceder lo mismo! ¡Siempre el espíritu sucumbiendo a la materia, siempre la carne sobrepujando al alma! Maldito temperamento meridional, que impide estar diez minutos a solas con una mujer sin que aparezcan en seguida accesos sensuales, brutales ansias de posesión. Y sentía odio contra sí mismo, contra esa incapacidad absoluta de sufrir y de contenerse, de convertir en adoración ideal los torpes apetitos de la lujuria. Encontrose a sí mismo despreciable, indigno de su amor, y una inmensa tristeza se apoderó de él al pensar lo que ella podría creer, de qué modo calificaría el arrebato.

Para acabar de desconcertarle, su tío le llamó en aquel momento.

—No te vayas —le dijo—, no me dejes solo. Muerto Carlos, tú eres la única persona a quien quiero en el mundo, el único lazo que a la vida me ata. No te marches. Siéntate aquí, a mi lado, que yo te vea... Eres igual, completamente igual, las mismas ideas, los mismos sentimientos...

Le había cogido la mano y se la oprimía nerviosamente, atrayéndole hacia sí. Y Luis ante la mirada de aquellos ojos negros que brillaban en las profundidades de las órbitas, al contacto de aquella mano pequeña, esquelética, llena de sudor, sentía angustia indecible, una especie de repugnancia moral, digámoslo así. Su mirada se encontró con la de María y la vio estremecerse. Por un momento le pareció que su tío lo sabía todo y se complacía en mantener abierta la herida, importándole, por lo demás, muy poco que fuera o no cierto, lleno de indiferencia, de supremo desdén por todo lo existente; pero pronto se convenció de que no había nada de esto y de que únicamente el recuerdo de Carlos le hacía hablar así.

Y su conciencia rebelose entonces contra estas semejanzas que su tío quería encontrar. No, él no era Carlos, ¡qué había de ser aquel muchacho voluntarioso y antojadizo, para quien lo vedado era lo más sabroso, lo prohibido lo más deseable! ¿Cómo iba a compararse la pasión de Carlos con la suya, aun cuando las dos reconociesen por causa la misma mujer? El amor de Carlos era un amor impuro, mientras que el suyo, ¡ah, el suyo! Carlos se había enamorado de la mujer de anchas caderas, de robusto seno; él de la mujer humillada, escarnecida, de la enferma de amor. Si Carlos había soñado alguna vez con la posesión del alma, fue supeditándola, seguramente, a la del cuerpo. Si a él le acometían accesos sensuales, bien sabe Dios que era siempre contra su voluntad y su razón. Y buena prueba de ello es que a pesar de ser este cariño inmenso, jamás se había atrevido a decírselo. ¡Qué se iba a atrever si le parecía una ofensa! Y ahora era cuando se explicaba la larga resistencia de María, su energía indomable. ¡Pobre mujer! No eran solo el orgullo y la virtud los que le obligaban a mantenerse firme. Es que para sufrir cara a cara los ultrajes de su marido, para resistir los insultos, necesitaba ser honrada.

El tío Tomás se había tranquilizado. La tos era menos frecuente. Cesaron los esputos, la respiración fue menos fatigosa, desapareció la rigidez del rostro y se quedó dormido.

De la calle subía el ruido del mercado de San Ildefonso; rodar de carros, golpear de puertas, pregoneo de mercancías, un ruido infernal de voces y gritos, entre los que descollaban los de un chico vendedor de periódicos, continuos, acompasados como los martillazos de un herrero; ruido inmenso que llenaba la calle, subiendo a lo largo de las fachadas, penetrando en las habitaciones como un himno de vida y de trabajo.

María se dirigió al balcón y abrió las maderas. Por los cristales entró un rayo de sol que llenó el gabinete de luz y de alegría.

VI