Luis quedó en ella ayudando a acostar a su tío, después de dar la vuelta a la almohada que se había mojado con el caldo, y de arroparle cuidadosamente. Cuando volvió al gabinete, encontró a María llorando sobre la chaise longue.
—¡Ves qué genio, qué genio...!
—No hagas caso, mujer, ¡si ya le conoces!
—Es muy duro esto, Luis.
—Sí, tienes razón. ¡Pero qué vas a hacer...! Es su carácter..., no hagas caso.
Y siguió dándole consejos, lleno de simpatía hacia aquella mujer víctima de las brutalidades de su tío, escarnecida y ultrajada por el único delito de haber sido buena.
—Vamos, no llores; no llores, María.
Realmente estaba conmovido, poseído de profunda compasión al verla tan buena, tan desgraciada, tan poco comprendida. Sentose a su lado, y oprimiéndole dulcemente la mano, trató de consolarla. Ella, no solo no puso resistencia, sino que llorando, llorando siempre acongojada, se refugió como niño mimado en los brazos de él, que amorosos se abrieron para recibirla. En el silencio augusto de la noche, la fatigosa respiración del tío Tomás sonaba lenta y acompasada como golpe de péndulo. La luz eléctrica de la alcoba había quedado encendida, y por la abertura de los pesados cortinones penetraban sus rayos, iluminando el techo, abrillantando la lámpara central del gabinete, quebrándose en la luna del armario y cayendo, en fin, sobre el terciopelo de la chaise longue, sobre el cuerpo divino de María, haciendo resaltar su cabellera rubia, sus mejillas pálidas, sus labios descoloridos, su garganta de diosa, su pecho turgente, sus anchas caderas, sus manos blanquísimas, hasta el pie que asomaba debajo de la falda, como asoman a los ojos las tentaciones del deseo.
Ella reclinó la cabeza en el hombro de él y así, juntos, unidos, tropezando sus pechos al respirar, mezclándose sus alientos, permanecieron mucho rato, mucho, callados, silenciosos, confundidos por el mismo afán, dominados por el infinito amor que a los dos consumía.
Por la calle pasó una estudiantina tocando una jota. Y a Luis antojósele que aquella música viril, valiente, reflejo fiel de mal contenidas pasiones, de deseos mal saciados, era un insulto a su cortedad, una protesta de la juventud y del amor. Se acordó de que tenía entre los brazos a la mujer a quien amaba, débil, indefensa; que no tenía más que apretarlos un poco para estrecharla contra su corazón, alargar la cabeza para recibir en los labios millones de besos. Y le parecieron ridículos todos los respetos, estúpidas todas las consideraciones. Era demasiado hermosa la felicidad para desperdiciar la ocasión de gozarla. ¡Quién sabe si el día de mañana ya no sería tiempo! Se inclinó sobre ella y la besó en los labios.