Trató de rechazar estas ideas y cerró los ojos; pero la visión apareció con más fuerza, aferrándose a su cerebro con la terquedad de una obsesión.
¿Qué la diría si no triunfaba? ¿Con qué cara se presentaría ante ella, él, que soñaba con hacerla suya el día que la muerte rompiese los lazos que la unían a su tío Tomás? ¿Cómo iba a decirle: renuncia a tu viudedad, cásate conmigo, resígnate a ser pobre; cuando todos los tesoros del mundo le parecían pocos para dárselos? Y queriéndola como la quería, con este amor puro, santo, hermoso, ¿iba a descender a proponerle brutal amancebamiento? Ni él osaría jamás proponérselo, ni ella sería capaz de aceptarlo. La conocía; por eso precisamente la adoraba, por eso la quería, porque estaba seguro de que era honrada y buena, porque ahíto de poseer cuerpos, necesitaba la posesión de un alma. ¿Y qué alma más deseable que la de aquella mujer, víctima del deber, esclava de los convencionalismos sociales, de aquella mujer condenada a ocultar sus deseos, a refrenar sus pasiones, a esconder sus afectos, a estar continuamente en lucha con su temperamento y su juventud? ¡Pobre alma ansiosa de luz, de vida y de alegría, condenada a sufrir en silencio las torturas de un amor imposible! Porque ella también le quería, ¿qué duda cabía de eso?; le quería mucho, muchísimo; solo que era tan orgullosa, que antes que reprocharse, no ya ante la sociedad, ante su propia conciencia, de una falta, preferiría morir. Y sufría y callaba y resistía a su pasión, a esa pasión que a veces se presentaba avasalladora e imponente.
Y no pudiendo hacerla su amante ni su esposa, ¿iba a ser tan egoísta que le impidiese la felicidad con otro hombre? ¿Iba a sacrificarla a los estúpidos celos de un amor romántico? No; aquella mujer tenía derecho al amor, al placer, a la maternidad, y no sería él, seguramente, quien se atreviese a negárselo. Pero, por otra parte, ¿iba a ser tan necio, tan estúpido que después de haber estado conteniéndose, reservándose para aquel día, consintiese que otro se la arrebatara? ¿Iba a tolerar que aquellos ojos claros, dulcísimos, serenos se retrataran en los de otro hombre? ¡Imposible! Aquella mujer sería suya; si para poseerla era preciso el matrimonio, se casaría; si para casarse necesitaba dinero, lo tendría; sí, lo tendría todo; dinero para las necesidades de la vida, ternura para las exigencias del alma, gloria para las satisfacciones del orgullo.
La luz eléctrica volvió a encenderse, y por la abertura de los pesados cortinones vio de nuevo a María acercarse a la cabecera del enfermo. No habrían pasado dos minutos, cuando una violenta interjección seguida de un ruido como de loza que se rompe, le hicieron levantarse bruscamente y penetrar en la alcoba.
—¿Qué es eso? ¿qué ha sucedido?
—Nada. Quise darle a tu tío una taza de caldo y la ha estrellado contra la pared —dijo María recogiendo del suelo los cacharros.
—¡El caldo estaba frío, completamente frío... Me vais a matar! —rugía Tomás incorporado en la cama, agitando nerviosamente el único brazo disponible.
—¡Por Dios, Tomás, que te vas a poner peor...!, acuéstate.
—¡No me da la gana! Eres un animal..., vete, vete, no te quiero ver.
María bajó la cabeza y salió de la alcoba.