—¿Por qué no te acuestas? —dijo de pronto al ver a su sobrino sentado en un sillón cerca de él—; debes tener sueño. Anda, vete a la cama; María se quedará cuidándome.
A pesar del tono cariñoso con que estas palabras habían sido dichas, Luis creyó notar en ellas una intención perversa, algo así como deseo de mortificar a su mujer. Ella debió pensar lo mismo, porque amarga sonrisa se dibujó en sus labios; pero recogiéndola en seguida, contestó:
—Sí, Luis, acuéstate. Yo me quedaré.
—Pero, mujer, ¿cómo te vas a quedar toda la noche, con el frío que hace?
—Sí, yo me quedo. Vete tú a la cama. —Y como Luis vacilara, insistió—: Túmbate por lo menos en el sofá. Si haces falta, yo te llamaré.
Y le obligó a acostarse en la chaise longue, después de ponerle una almohada y taparle ella misma con maternal solicitud.
Luis, realmente preocupado, no opuso resistencia. Mil ideas lúgubres se apoderaron de su cerebro en cuanto se vio solo. ¿Qué sería de él si su tío llegaba a morirse? Sin recursos, sin fortuna, sin medios de vida, ¿qué le esperaba?, la miseria, esa miseria horrible que no pueden remediar la caridad ni la limosna. Tan negro vio el porvenir, que, por un momento, le pareció el suicidio la cosa más lógica y natural; pero rechazó en seguida este pensamiento como indigno de un hombre de valor. Un hombre de valor tiene la obligación de luchar por la vida; lucharía hasta donde pudiera. Si triunfaba, ¡qué gran satisfacción para la vanidad! Si sucumbía, ¡qué tranquilidad en la conciencia! ¿Y por qué había de sucumbir? ¿Acaso no tenía tanto talento, bastante más talento que muchísimos que el público aplaudía a diario? Sí, él trabajaría para subir y llegaría, ¿qué duda cabía de eso? Súbitamente recordó las palabras de Boncamí: «si algún día hace usted algo, hágalo grande, no se empequeñezca». Sí, lo haría, lo haría grande, tan grande, que su cerebro, hasta entonces anónimo, se destacara de un golpe cien codos por encima de todos los demás. Ignoraba aún qué cosa sería esta, pero tenía la convicción de realizarla. Los asuntos existen, no hay más que buscarlos —pensó, recordando la frase del pintor—; y se quedó mirando al techo esperando que en él apareciera el glorioso asunto.
En el reloj del gabinete dieron las doce, y como respondiendo a mágico conjuro, la bombilla eléctrica se encendió de pronto iluminando la alcoba. Por la abertura que dejaban los cortinones de terciopelo azul, vio a María acercarse a la cabecera del enfermo y darle una cucharada de medicina. Después, la luz apagose de nuevo y la alcoba volvió a quedar sumida en la oscuridad y en el reposo.
No había más remedio que trabajar, que salir de aquella situación terrible y angustiosa, calmar la fiebre que sentía de amor, de gloria, y, ¿por qué no decirlo?, de dinero.
De pronto tuvo una visión deliciosa. Estrenábase un drama suyo. El público, de pie, pedía entusiasmado el nombre del autor. Díaz de Mendoza, que representaba el papel de protagonista, se adelantaba al proscenio y los aplausos cesaban un instante para volver a sonar otra vez con más fuerza apenas pronunciada la última sílaba de su apellido. ¡Que salga! ¡que salga!, gritaba entusiasmado el público, y él salía entre Mendoza y María Guerrero. El telón subía y bajaba y volvía a subir, siempre en medio de aplausos delirantes, de aclamaciones de entusiasmo. Bruscamente, la visión del teatro desaparecía y solo quedaba un palco, un palco principal, donde una mujer joven y hermosa aplaudía frenéticamente. Después, el palco desaparecía también y la mujer quedaba aplaudiendo, aplaudiendo siempre. Y esta mujer era María, la mujer de su tío.