Al volver a casa se encontró Luis con la desagradable noticia de que su tío Tomás estaba enfermo.
—En cuanto te marchaste —le dijo su tía—, le entró un frío muy grande, con temblor en todo el cuerpo y castañeteo de dientes. Le di una taza de flor de malva y llamé al médico.
—Has hecho perfectamente. Y él ¿de qué se queja?
—Dice que le duele mucho el costado y la cabeza. Tiene, además, bastante calentura.
Hasta las nueve y media no vino el doctor Núñez; reconoció detenidamente al enfermo y dijo que padecía un catarro pulmonar.
—La cosa en sí no es de cuidado; pero dada la edad de este caballero, su naturaleza gastada y, sobre todo, su estado, cualquier complicación podría revestir gravedad. No quiere decir esto que hoy exista, nada de eso; pero hay que tener poca confianza, muy poca.
—Bueno, pero en resumen, ¿usted, cómo le encuentra?
—Pues, la verdad...
No se atrevía a anticipar juicio alguno concreto. Recetó varios medicamentos y se despidió hasta el día siguiente.
El tío Tomás se encontraba muy abatido; la respiración era cortada, fatigosa, interrumpida a cada instante por violentos accesos de tos que le obligaban a incorporarse trabajosamente sobre el brazo izquierdo. Debía tener mucha fiebre. No obstante, conservaba íntegras sus facultades mentales.