—¡Qué barbaridad!

—¿No le decía yo a usted que era una historia horrible? Pues ya verá usted, ya verá usted. ¿Quiere que tomemos una copa de coñac?

—Como usted quiera.

—¡Mozo!, dos copas de coñac. Bueno, pues, verá usted... —encendió otro pitillo y continuó—: Como si la vida de Carlos fuese necesaria para la suya propia, don Tomás fue perdiendo las fuerzas poco a poco. Aquella energía, principal distintivo de su carácter, se fue debilitando; aquel cerebro sano y pletórico, fácil en pensar y en discurrir, se vio invadido por ideas confusas, atropelladas, incoherentes, por terribles sacudidas nerviosas, violentas crisis que le dejaban abatido. Postrado en el sillón, pasábase la mayor parte de las noches en vela, devanándose los sesos con extrañas investigaciones, batallando con su conciencia, para dar con la causa, para él inexplicable, del suicidio de Carlos. —Interrumpiose para tomar un sorbo de coñac y prosiguió—: Estas terribles luchas, minando poco a poco su existencia, concluyeron por dejarle en un estado de postración imposible. Las crisis nerviosas más violentas y frecuentes de día en día, se hicieron periódicas y concluyeron con una hemiplejia que, si no le causó la muerte, le dejó imposibilitado del lado derecho. Llegó a ser solo un cuerpo, una masa animada únicamente por una idea, por aquella idea que se agitaba, haciéndolas vibrar, entre las células de la indagación y del análisis, que debía darle la explicación del suicidio de Carlos. Una mañana en que, después de una noche de insomnio y de fatiga, procuraba arrancar de sus ojos una lágrima más de resignación y de esperanza, se acercó su mujer y se lo contó todo. Carlos se había enamorado de ella. Ella, ¡es claro!, le había rechazado, primero porque era un hombre, después porque era su hijo. Un día Carlos le aseguró que si no le correspondía se suicidaba, a lo cual no hizo caso, creyéndolo una de las muchas exageraciones con que se declaraba siempre. Yo no sé lo que don Tomás contestaría, pero lo cierto es que desde aquel momento tomó a su mujer un odio a muerte, tanto más terrible cuanto que se veía imposibilitado de vengarse. Impotente para poder ahogarla entre sus manos, ha concentrado todo su odio en la lengua, y con ella le escupe a la cara los insultos más soeces, las frases más dolorosas para la dignidad de una mujer.

—¿Y ella? —preguntó Boncamí, conmovido.

—Pues, nada, ella sufre y calla y lo tolera llena de compasión. Y es ella la que ahora pasa noches en vela, cuidándole y consolándole, llena de inmensa, de santa caridad.

—¡Pobre mujer! —dijo Boncamí.

—Sí, ¡pobre mujer! —añadió Perico.

Y ambos quedaron pensativos y tristes ante sus copas de coñac, que el gas hacía brillar como grandes topacios.

V