—¡Ca! Don Tomás Gener es de los que se llevan la llave de la despensa. Hoy no le falta nada porque cobra cincuenta mil reales como ministro del Tribunal de Cuentas, porque es consejero de varias Compañías que le siguen pagando en recuerdo y agradecimiento de pasados servicios, porque ahora el pobre señor no sirve para nada; desde la catástrofe de su hijo es hombre perdido.

—¡Caramba! —dijo Boncamí, curioso—. Por dos veces le he oído a usted pronunciar la misma frase. ¿Qué catástrofe es esa?

—¡Pero cómo! —contestó Castro, admirado—, ¿no conoce usted la historia?

—Hombre, no —contestó Boncamí no menos admirado—, no la conozco.

—Pues, hijo, es usted el único; todo Madrid lo sabe. Una historia terrible. Se la contaré a usted.

Sorbió el café que quedaba en la taza, lió un pitillo, se acomodó en la silla, y como el que se dispone a una larga relación, dijo:

—Era don Tomás Gener, el tío de Luis, hombre de carácter campechano y alegre, francote en sus ideas, natural en sus modales, ducho en el conocimiento del mundo, y amigo, según se decía, de aventuras y trapicheos. Estaba viudo y tan encantado con su viudez que se ponía nervioso cuando se hablaba de matrimonio en su presencia. Y no es que no le gustasen el amor y las mujeres, nada de eso; la vida alegre que llevaba, demostraba todo lo contrario. Tampoco podía ser por experiencia adquirida en su primer matrimonio, pues todos aseguraban que le había tocado en suerte una de las más honradas, virtuosas y discretas mujeres de este mundo. Y tampoco podía ser por recuerdo a la memoria de esta, pues si bien es cierto que don Tomás la quiso y respetó mientras la tuvo a su lado, no estuvo jamás enamorado de ella. Su memoria debilitola pronto el tiempo, y si después de muerta la recordaba alguna vez, era solo para alabarla como mujer de su casa, hacendosa, callada y buena, nada más. Una sola causa podía haber, pues, que justificara este odio al matrimonio. Su hijo, la única pasión de su alma, Carlos. La idea de que otra persona pudiera tener autoridad sobre el muchacho le descomponía; la duda solo de que otra persona pudiera arrebatarle su cariño, le desconcertaba. Y no quiero decir a usted si esa persona en vez de quererle le hubiera odiado: ¡ah!, entonces todas las venganzas del mundo hubieran parecido pocas a Gener.

»Conocidos estos antecedentes, fácil le será a usted comprender la horrible lucha que en su alma se agitaba. Enamorado de una mujer con toda la pasión y la vehemencia de la segunda edad, mucho más terrible que la primera, porque no puede existir, no existe la confianza en el futuro; porque la razón y la experiencia están en su apogeo, y por tanto, no pueden, no deben ser vencidas por el sentimiento y la fe, sus enemigos que pasaron ya; porque en esta edad los placeres matrimoniales hállanse más sabrosos que nunca, quizá porque el cuerpo no puede ya soportarlos; porque una negativa, en fin, no es una desilusión, un desengaño, es mucho más, es la muerte del alma, es el asesinato del corazón. Por otra parte, el cariño imperioso que sentía por Carlos le hacía considerar este amor como una locura, una tontería, un disparate indigno de sus años. En su conciencia de padre desaparecía la mujer querida, llena de bondad y de ternura, y quedaba solo la madrastra, fría, severa, orgullosa, insensible. Recriminábase entonces, prometía ser fuerte y desterrar lejos de sí aquel amor que solo podía ser pasajero capricho, brutal deseo, desbordamiento de lujuria. Pero este amor crecía, se agrandaba ante los obstáculos como se agrandan las olas ante el dique que quiere contenerlas. Un día, por fin, la tentación fue demasiado grande. Carlos no estaba en Madrid. Aquella mujer se le aparecía sonriente y enamorada, brindándole un amor dichoso y tranquilo. Perdió la voluntad, se sintió débil y como una mariposa cegada por la luz se precipita en ella, él se cegó también y se casó.

Castro calló un momento para ver el efecto que en Boncamí producía su estilo brillante; pero como el pintor, más atento al interés del fondo que a las bellezas de la forma, nada le contestara, encendió de nuevo el pitillo que se había apagado y prosiguió:

—Los primeros meses de matrimonio transcurrieron para don Tomás dichosos y felices. Su mujer le respetaba y le quería. Amante y tierna, había cumplido cuanto de su ternura y de su bondad podía esperarse, y por lo que se refiere a los temores que abrigaba acerca del recibimiento que Carlos pudiera dispensar a su nueva madre, habían todos desaparecido. Era feliz, completamente feliz. Pero a partir de este momento, un nuevo pesar que se fue agrandando poco a poco, vino a turbar la paz que disfrutaba. Su hijo, aquel muchacho antojadizo y voluntarioso, se había vuelto de pronto, de decidor y alegre que era, en pensativo, malhumorado y triste. Apenas salía de casa. Presa de una inexplicable melancolía, procuraba huir de todo aquello que a fiesta y diversión se asemejasen. Llegó hasta olvidar sus habituales ocupaciones. Su mirada había adquirido un brillo extraño, intenso, casi fosforescente, que daba miedo. Su voz era temblona, pausada, hueca, sus ideas incoherentes, su modo de ser... inexplicable. Permanecía sentado horas y horas tras los visillos del balcón, con la frente apoyada en los pálidos dedos por los cuales se filtraban raudales de lágrimas, la mirada perdida en el vacío y el oído atento, como prestando atención a algún rumor imaginario. Desde los principios de su enfermedad, Carlos se había negado rotundamente a ser visitado por ningún médico, pretextando que no valía la pena de ser estudiada ni atendida. Atribuíala a una gran excitación nerviosa, a una irritabilidad de los sentidos, de la que tardaría poco en curarse, producida por alguna causa moral que fingía ignorar. Y que esta causa moral existía, no cabía duda. Todos estábamos convencidos de ella. Pero cuantas preguntas se le hacían resultaban inútiles, todas se estrellaban ante la respuesta inevitable: «No tengo nada». Una noche después de cenar y cuando el matrimonio se disponía a acostarse, escucharon con terror un tiro; acudieron al cuarto de Carlos y le encontraron con la cabeza destrozada.