—Sí, hombre, sí; habla usted como un sabio.
—¡Pues es claro! ¿Por qué ese odio contra el género chico? ¿Cuál es el objeto del género chico? Entretener. ¿Lo consigue? Pues entonces no es tan malo. Y sobre todo, si no existiera el género chico, ¿de qué viviríamos nosotros?
Lo dijo con tan ruda franqueza que Boncamí se le quedó mirando. «Este hombre —pensó— o es un gran imbécil, o es un gran sinvergüenza».
Castro, sin alterarse, prosiguió con tono convencido:
—Hay que ser prácticos y dejarse de tonterías. Las teorías de Luis son muy bellas, pero inadmisibles. Con arte no se come, y lo primero a que hay que atender es al estómago. Hay que hacer dinero. Después, cuando se posea, es cuando uno puede permitirse el lujo del arte, un deporte como otro cualquiera. Lo demás es salirse del tiesto y vivir fuera de la realidad, como vive Luis.
—Pues si tan iluso le cree usted —dijo Boncamí, que no pudo contenerse—, ¿por qué ha ido usted a solicitarle?
—Hombre, le diré a usted. En primer lugar, yo no he negado nunca que Luis tenga talento; al contrario, estoy convencido de que lo tiene, de que en un periódico puede ser un elemento útil; en segundo lugar, yo podré censurarle como artista, pero le querré siempre como amigo. Me explicaré —añadió, al ver que Boncamí le miraba asombrado—: Luis, hoy por hoy, no necesita trabajar para comer. Vive con su tío, que está bastante bien y, por lo tanto, nada le hace falta. Pero ¿y el día que su tío muera, lo cual puede suceder de un momento a otro, porque el pobre señor está muy malo, qué será de ese chico? Sin carrera, sin fortuna, sin medios de vida, con ese carácter tan especial que Dios le ha dado...
Boncamí empezaba a comprender. Apoyó los codos sobre la mesa y se puso a escuchar a Castro con marcada atención.
—Luis quedó huérfano de madre, muy niño. Su padre, que por lo visto era también un señor algo especial, le metió en un colegio francés hasta los dieciocho años, y de allí le envió a estudiar la carrera de Derecho a la Universidad de Bolonia. Cuando se hallaba en el tercer año, le sorprendió la muerte de su padre. Vino a España a recoger la herencia que le correspondía, unos cuarenta mil duros, y como nada le tiraba en su tierra ni en ella tenía cariños ni afecciones, cogió el dinero y se marchó a París, donde se dio tal prisa a gastarse los cuarenta mil duros, que de no ocurrir la catástrofe de su primo, que le obligó a venir precipitadamente a Madrid, hubiera tenido que pedir limosna por las calles. Pero, de todos modos, el viaje solo fue un compás de espera en su ruina, una larga, porque lo que no se tragaron los cabarets de Montmartre y los restaurants de los bulevares, se lo engulleron La Bombilla y los reservados de Fornos. Total, que hoy Luis no tiene más capital ni más fortuna que una casa en su tierra, una casucha de mala muerte que ha querido conservar en un acceso de sentimentalismo, porque en ella nació él y en ella acabó sus días su pobre madre.
—Pero ¿y su tío? ¿No dice usted que está bien? Pues el día que se muera, Luis volverá a heredar.