—Sí; estoy convencido de que Gener ha de triunfar. No sé cuándo ni cómo, pero estoy seguro de que ha de hacer algo, no sé el qué, pero algo muy grande.

—¿Con esos procedimientos?

—Por ellos precisamente.

Ambos amigos callaron un instante. El camarero retiró el servicio y sirvió los postres.

—No se come mal, ¿verdad? Por dos pesetas, después de todo, ¿qué va usted a pedir? —dijo Castro. Luego, volviendo a reanudar la conversación sobre Gener, añadió—: Además, ese muchacho tiene un carácter muy especial, un orgullo desmedido, una presunción intolerable. Cree que todo se lo merece. Ya le ha visto usted hoy. Otro cualquiera, con lo que yo le he ofrecido, se hubiera vuelto loco de contento; él..., ya oyó usted..., no sé, veremos..., no me seduce el periodismo.

—Sí, eso es cierto.

—En todo es igual. El año pasado, cuando hice La colcha de damasco, la zarzuela que más dinero me ha dado a ganar, fui a buscarle para que la escribiéramos juntos. El asunto era mío, los asuntos son siempre míos; ahora que, como no sé dialogar, necesito colaborador. Pues bien, a las primeras de cambio me dijo que el argumento le parecía un disparate, y como viera que yo, cediendo en mi amor propio, consentía incluso en reformarle, acabó por decirme: «Mira, no te molestes; yo no me prostituyo con el género chico». Como es natural, tuve que mandarle a paseo. Pedrosa fue el que salió ganando con estos desplantes, porque se metió bonitamente un puñado de duros en el bolsillo sin comerlo ni beberlo, porque después de todo no hizo más que dialogar la obra. El asunto era mío.

Boncamí tuvo tentaciones de darle con la botella en las narices. Sin embargo, se contentó con decir:

—Sí, el asunto..., el argumento..., es claro... Siga usted.

—Siente un desprecio profundo por el género chico, un desprecio que raya en odio. Según él, todos los autores cómicos debíamos estar en la cárcel. No hacemos más que profanar el arte, embrutecer al público, estropear su paladar. ¡Como si el público entendiera de arte! Váyale usted al publiquito de Apolo con arte y prosa rítmica, verá usted qué pateo le mete. Y es natural, señor. Cada cosa en su sitio. Quédese el arte para esos libritos de papel couché, que se editan para regalarlos a los amigos porque no hay quien los compre, y que nos dejen a nosotros con nuestros chistes y nuestras burradas que son las que divierten y las que dan dinero. ¿No es verdad?