—Es un chiquillo —dijo Perico Castro limpiándose los labios con la servilleta—, un niño mimado, que hasta ahora ha tenido la suerte de no necesitar de nada ni de nadie. Pero, deje usted, que arrieritos somos...

Boncamí, muy atareado en partir un trozo de bistec, no contestó.

—Con menos presunción y menos tontería —siguió diciendo Castro— es indudable que Gener llegaría a ser algo. Le sobran condiciones, talento claro, ingenio fino, observación profunda, ilustración vastísima, cultura sólida, demasiado sólida quizá; yo temo que le perjudique. Siempre he creído que ese chico tiene demasiada cultura.

—Eso no perjudica nunca.

—A él sí, porque con esa manera tan particularísima de ver las cosas, el arte especialmente, resulta que no le gusta nada de lo que se hace; todos los escritores de ahora somos unos imbéciles, unos viles imitadores que nos pasamos la vida copiando: este argumento es de Shakespeare; este símil lo utilizó ya Esquilo; esta frase es de Goethe; este pensamiento lo desarrolló Leopardi en un soneto. Y a continuación, ¡pum!, ¡pum!, le suelta a usted el soneto íntegro, porque eso sí, el hombre tiene una memoria privilegiada. ¿Y usted cree que es posible trabajar de este modo? ¿Usted cree que es posible escribir una línea bajo la presión de estas preocupaciones? Yo, por mi parte, le confieso a usted ingenuamente que no podría, no, no podría, me sería completamente imposible.

Callose un momento para llevarse a la boca unas cuantas patatas fritas y después continuó:

—¿Pues y las cuestiones de estilo? Una asonancia le descompone, una cacofonía le vuelve loco, tres monosílabos seguidos... ¡Jesús qué horror! ¿Y la busca y captura del adjetivo?, el adjetivo justo, preciso, que dé la sensación y al mismo tiempo que no rompa el ritmo de la frase, la augusta sonoridad del párrafo... ¡Figúrese usted, si uno fuera a preocuparse de estas cosas! Nada, nada, créame usted, ese chico está loco, no hará nada en la vida.

Boncamí, aunque tímidamente, se atrevió a protestar.

—Hombre, yo no entiendo de estas cosas, pero a mí, la verdad, me parece todo lo contrario. Yo creo que precisamente por este modo de trabajar y sentir el arte, el día que acierte, como acertará con una obra original, acertará de golpe.

—¿Usted lo cree?