—¿Qué quiere usted que ensayemos ya? Son cerca de las seis. La Cruz no quiere cantar, la Samper no sabe una letra, los demás están deseando irse a ver las máscaras, y yo mismo, yo mismo estoy ya harto de todos ustedes.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Se aplaza el estreno?
Castro intervino.
—No, nada de aplazamientos, de ningún modo. Demasiados aplazamientos llevamos ya. Si viene otro, retiro la obra.
Pedrosa fue también de la misma opinión.
—Nada de aplazamientos. La revista se estrena el miércoles. Después de todo, si la han de patear que la pateen cuanto antes.
—Bueno, pues hasta el miércoles; el miércoles, ya lo saben ustedes: ensayo general.
Todos se marcharon. Castro y Boncamí se quedaron en la puerta esperando a Gener. Permanecieron allí largo rato aguardándole; pero cansados de esperar, viendo que no venía, se fueron también.
—Es temprano —dijo Perico—; ¿quiere usted que nos lleguemos a Recoletos a ver las máscaras? Daremos una vuelta y después vendrá usted a cenar conmigo. Cambiaré un billete, y le daré los cuatro duros que le hacen falta.