El otro no se desconcertó.
—El caso es, ¿sabe usted? —añadió dando vueltas a su sombrero hongo—, que yo lo que quería es que me diera usted una butaca..., perdone usted mi atrevimiento..., soy un ferviente admirador de usted..., desearía ver esta obra..., he visto todas las de usted...
—Pues hijo, lo siento muchísimo; pero no me queda ningún billete.
—Vamos, que alguno le quedará a usted...
—No, señor, no me queda ninguno...
—Bueno, ¡qué le vamos a hacer! Lo siento, lo siento mucho; es el primer estreno de usted al que no asisto.
Iba a retirarse cuando Cañete le retuvo.
—¿Ve usted aquel caballero? Pues es el señor Suárez, el maestro Suárez, mi colaborador, es muy posible que a él le queden butacas, véale usted.
—¡Oh, muchas gracias, señor, muchas gracias...! —replicó atentamente, y se marchó en busca de Suárez.
—Estamos perdiendo tiempo —volvió a insistir Bermúdez—; ¿qué ensayamos?