—No perdamos tiempo —dijo—: puesto que Carmen no puede cantar, ensayemos otra cosa. ¿Qué le parece a usted que ensayemos?
—Lo que a ustedes les dé la gana —contestó Cañete cada vez peor malhumorado—; como si no quieren ensayar... Me da lo mismo.
—Vamos, maestro, un poco de paciencia...
—¿Paciencia? ¡Pero si esto es capaz de acabar con la de Job!
—Señor Cañete, ese caballero...
—¿Otra vez? Dígale usted que pase. Veamos quién es ese caballero que tiene tanta prisa.
Un individuo vestido de negro asomó entre bastidores; avanzó lentamente, cegado por la oscuridad, tropezó en una silla, se encaró con Bermúdez, después con Castro, luego con Boncamí y por fin se quedó parado en medio de la escena, mirando a todas partes. Cañete se acercó a él.
—Usted dirá.
—Ah, perdone usted..., con esta oscuridad... ¿Es usted el señor Cañete? Pues bien, yo soy un admirador de usted, un fervientísimo admirador... Me he enterado de que estrena usted mañana una obra y, la verdad, quisiera ir a aplaudirla.
—Pues apláudala usted —contestó groseramente Cañete—. ¡A mí qué me importa!