—¿Vamos con el terceto?

Carmencita Cruz, la segunda tiple, se aproximó a ellos.

—Maestro, perdóneme usted, pero me es de todo punto imposible cantar; pesqué anoche un catarro y ando muy mal de la garganta.

—¡Pero, mujer, por Dios, haga usted un esfuerzo...!

—Imposible, maestro, imposible; si canto ahora en el ensayo y por la noche en la función y mañana por la tarde vuelvo a cantar, cuando llegue el estreno estaré completamente afónica.

—Señor Cañete, ese caballero que desea verle a usted...

—Que se espere, y si no quiere esperarse que se vaya —exclamó el músico desesperado—. Pues, señor, ¡estamos buenos!

—No se enfade usted, maestro —replicó Carmencita mimosamente—; yo le aseguro a usted que me sé perfectamente la obra: ya lo verá usted la noche del estreno.

—Lo que yo estoy viendo es que esto no se estrena en la vida.

Bermúdez se encogió de hombros. ¿Para qué enfadarse? Siempre sucedía lo mismo.