—En ese caso...
Salieron. Petrita esperaba impaciente. A la primera mirada, Luis quedó sorprendido. Manolo tenía razón. Parecía una muchacha honrada, una señorita que acaba de dejar las faldas de mamá para ir con su hermano al teatro. Su carita de virgen pequeña y sonrosada, tenía una dulzura encantadora, un aire de inocencia que atraía. Hasta le pareció a Luis que se ruborizaba cuando Manolo dijo:
—¿Ves tú qué chiquilla más rica?
Los músicos habían tenido que repetir el vals porque Elena no sabía una palabra de la letra. A cada momento se equivocaba, le faltaba la frase, y para no perder el compás seguía tarareando la música. Al fin acabó por confesar que no había tenido tiempo de estudiarle.
—Esta tarde, en casa, lo aprenderé.
—Eso es —protestó Cañete malhumorado—. Y la obra se estrenará el día del juicio.
—No, no, yo le prometo a usted que me le aprendo esta misma tarde; ¡si es sencillísimo!
—Señor Cañete —dijo un portero entrando—, aquí hay un caballero que quiere hablar con usted.
—Bien, dígale que tenga la bondad de esperar un momento. ¿Ensayamos el tercer cuadro? —prosiguió dirigiéndose a Bermúdez.
—Como usted quiera.